Abuelo y nieta, el sueño más excitante

“QUÉ SUEÑO TAN LOCO”.

No recuerdo un despertar más dulce. Aunque a decir verdad, cada despertar que he tenido a su lado ha sido memorable… Pero el momento actual siempre es el más divino, porque el placer presente siempre será preferible al mejor de los recuerdos. ¡Dios! No sólo fue una noche pletórica de carnalidad, sino que ahora, con la salida del sol, ella me obsequia esto. Metida entre mis piernas, bajo las sábanas, con mi pene engullido en su boca, me está matando de placer.

Suspiro profundamente, acercándome cada vez más al momento crítico, quiero pedirle una pausa, de hecho, lo hago. Pero ella hace oídos sordos, concentrada en lo suyo, desconectada de cualquier estímulo que pretenda distraerla de su objetivo principal. A sabiendas de ello, me resigno y la dejo hacer. Me concentro, hago el mejor de los esfuerzos por contenerme, intentando prolongar hasta lo imposible aquel placer que me brinda la más sensual de las criaturas sobre la faz de la tierra. Pero al pensar en ella, imaginármela, recordar los pecaminosos momentos que hemos compartido, me hace chocar contra la realidad. Estoy perdido, y me abandono, dejándome arrastrar hacia lo inevitable.

Ella aguarda, espera el momento, y al fin recibe el premio a su esfuerzo. Acoge en su boca cada chorro que sale disparado desde mis adentros, en una eyaculación que en su torrente no sólo arrastra el poco semen que hay en mi interior, sino que pareciera que se lleva también mi alma, mis fuerzas todas…

Luego viene un rato más, en el que pareciera que con sus suaves caricias quisiera consolar a mi maltrecho miembro, exigido como pocas veces en la vida. El tiempo que dedica a tal actividad es prolongado, a tal grado que pareciera que mi viejo amigo resucitara, dispuesto para la siguiente ronda.

Pero hay una falla de comunicación, ella sale de entre las sábanas y al fin puedo ver a esa malvada chiquilla traviesa que me acaba de llevar al cielo y que ahora me deja a medio camino de un nuevo viaje.

—¿Te gustó? —Me pregunta con una gran sonrisa, a sabiendas de que en mi expresión está dibujada la respuesta—. Tengo poco tiempo, me voy a dar un baño rápido, porque tengo que ir al trabajo.

—Pero hoy es sábado…

—Bueno, hay algunos sábados en los que tenemos que trabajar, a veces se acumula el trabajo y es la única forma de sacarlo…

Sin más, sale a toda prisa de la habitación, rumbo al baño. Yo me siento ganoso, así que decido ir tras ella. “Nada mejor para completar el cuadro, que un buen baño en su compañía”, me digo. Sin embargo, al intentar abrir el baño, confirmo que la puerta está bien asegurada. Algo decepcionado, vuelvo a la cama. En verdad tiene que ir a trabajar y no pienso estorbarle en sus responsabilidades. Aunque en el fondo, me corroe la rabia al saber que ahí estará su jefe, que lo verá y que posiblemente…

Sí, me pone celoso el saber que ella se acuesta con él, saber que la comparto con otro me hace sentir enfermo. Y luego, la conciencia hace lo suyo y me recuerda: “Eres un hombre casado”. “Sí, pero él también lo es”, le respondo. “Dirás lo que quieras, pero él no es su abuelo”, ese último argumento me desarma. Me tiendo en la cama, boca arriba y con las extremidades extendidas, emulando al hombre universal de Da Vinci.

Rato después, ella vuelve a la habitación, ya va vestida y lleva una toalla enredada en el cabello.

—Si te vas a quedar así, es mejor que cierres la puerta. Si te ve alguna de mis compañeras, te va a querer violar y no pienso compartirte con nadie más que no sea la abuela, ¿eh?

Sin querer, su comentario le acaba de echar más sal a la llaga.

—Ellas viven fuera de la ciudad y todos los fines de semana suelen irse de regreso a sus casas. Así que no te preocupes, puedes quedarte así todo lo que quieras a esperar a que regrese, porque voy a regresar “con muchas ganas”, te lo prometo.

Y con un par de besos en los labios, se despide; recordándome en el trayecto que hay algo de comida en el refrigerador y que ella traerá algo a su regreso. Permanezco tendido sobre la cama y el sueño me vence nuevamente.

Entre sueños, me parece escuchar ruidos que me hacen pensar que mi nieta ha regresado. Sin embargo, al ver el reloj, me doy cuenta que es muy temprano todavía. Entonces recuerdo que en esos departamentos es muy fácil escuchar el ruido de los vecinos.

El llamado de la naturaleza me obliga a ir al baño, yo sigo en traje de Adán; no encuentro razón alguna para vestirme, al fin y al cabo, la ropa no será más que un estorbo para cuando ella vuelva. Entro al cuarto en penumbras, no puedo encontrar el apagador de la luz por ninguna parte. La urgencia de las ganas de orinar, me hacen desistir de tal búsqueda y opto por orinar donde yo creo recordar que está el sanitario. Total, si no le atinó, ya tendré oportunidad de limpiar el desastre. Lo que urge, urge… Y el llamado de la naturaleza nunca hay que desatenderlo.

Apunto mi instrumento ahí, donde ese bulto me indica que debe estar ubicada la taza de baño, la premura ni siquiera me da tiempo de verificar que la tapa esté levantada, pero en vista del ruido tan raro que hacen los primeros chorros, me doy cuenta que estoy “meando fuera del hoyo”, literalmente. Entonces, me llevo el susto de mi vida cuando siento que una mano me arrebata el pene y me jala. Pierdo el equilibrio, pero alcanzo a apoyarme con ambas manos contra la pared.

Mis dos neuronas se ponen a trabajar a marchas forzadas. Supongo que la muy traviesa de mi nieta sí había regresado y había decidido jugarme una broma un tanto bizarra. Me río para mis adentros, pensando que tal vez está poniendo en práctica una fantasía bastante retorcida, que incluye “agüita amarilla” como parte del juego. Yo, como buen y complaciente abuelo, me relajo y continúo descargando mi vejiga.

Puedo escuchar su risa traviesa, contenida; mientras usa mi miembro como manguera y como regadera, bañándose con el chorro interminable que sigue expulsando. Hay momentos en los que se mete mi pene a la boca y lo chupa, para luego sacarlo y seguir distribuyendo la descarga sobre su cuerpo. A estas alturas, mi vista ya se está acostumbrando a la oscuridad y finalmente pudo encontrar el interruptor de la luz. Está a mi alcance, así que lo enciendo. Al iluminarse el cuarto de baño, me llevo una sorpresa mayúscula, pues la chica que está jugando con mi pajarito y con mi pipí, no es para nada mi nieta.

Debe ser alguna de las compañeras de ella. La luz encendida no la inmuta y sigue con lo suyo, tiene los ojos cerrados y con gran embeleso se pasa mi pene por el rostro. Ríe, divertida, continuamente. Abre los ojos y me mira directamente a la cara, su mirada es rara, me da la impresión de que está ebria, o algo peor… Empieza a reír más, como sabiéndose descubierta. Yo ya he terminado de orinar, pero me aquejan, una erección y una calentura de los mil demonios. Ella deja de mirarme y se concentra en mi miembro, se pone a murmurar incongruencias, es como si platicara con mi pene, portándose muy cariñosa con él.

Comienza a jugar, recorre el prepucio para adelante y para atrás, cubre y descubre el glande. Luego, con la punta de su lengua acaricia, juguetona, el orificio, para después meterse el glande por entero en la boca, le da unos fuertes chupetones y luego lo saca, le dice una que otra palabra cariñosa, se ríe y vuelve a empezar, volviéndome loco en el camino.

No puedo aguantar aquello mucho tiempo. A ella la toma por sorpresa mi eyaculación y el primer chorro entra de lleno en uno de sus ojos; presurosa, lleva mi pene a su boca para recibir ahí el resto de la descarga. Con voracidad, da cuenta de todo lo que expulsa mi pene. Me mira fijamente a los ojos y es presa por un ataque de risa que sólo interrumpe para decirme:

—¡Qué pinche sueño tan loco, verdad? ¡Ja, ja, ja!… —y así, riendo sin parar, se levanta y enfila sus pasos hacia su habitación.

Me asomo al pasillo para verla alejarse, va descalza y lleva encima un camisón, que por la humedad de la orina, se le ciñe al cuerpo, dejando ver una silueta enloquecedora y la falta total de ropa interior. Cuando desaparece de mi vista, me apresuro a limpiar el desastre y a darme un rápido regaderazo. Después de eso, me visto y salgo del departamento. Tenía que desaparecer de ahí, no quería estar presente cuando aquella chica se bajara del avión y volviera a la realidad, para darse cuenta de que “aquel sueño tan loco”, en realidad no había sido un sueño.