Así es la cerda de mi tía

Señor Agustín después de hacerse esperar llegó al monte abierto donde yo ya lleva tres horas apastando el caballo. Estaba sentado en una pelada, se sentó a mi lado, y me preguntó:

-¿Donde lo dejamos ayer?

-Me iba a contar lo de su tía abuela.

Sacó un cigarrillo Celtas sin filtro de la cajetilla, y antes de encenderlo con su mechero contra viento y marea, comenzó a contar la historia.

-Mi prima, mi tía y mi tío se habían ido a las seis de la mañana con el carro y un caballo al monte a coger carquesas, tojos, acículas…, a coger todo lo que valía para hacer estiércol en las cuadras. Mi tía abuela quedara de hacerme el desayuno. Llamé a la puerta de su casa y me respondió desde el establo, que estaba al lado de la casa. Entré en el establo y la vi sentada en una banqueta ordeñando a su vaca. Me preguntó: «¿Quieres aprender a ordeñar?» Cogí otra banqueta y me senté a su lado. Tirando de un pezón y sacando leche, me dijo: «Haz así.» Hice cómo ella y le saqué leche de la ubre de la vaca. El olor a leche fresca y templada saliendo del pezón hicieron que me empalmara. Mi tía abuela, sin saber que me había empalmado, me echó la mano a la polla, la encontró dura, y me dijo: «Esto en mi coño haría maravillas». Le pregunté: «¿Aún se corre?» «Tengo sesenta y cuatro años, estoy en lo mejor de la vida». Lo mejor de su vida en en terreno sexual ya había pasado, pero no quise herirla, y menos con su mano acariciando mi polla, así que le dije: «A mí de mañana no me va.» Cómo veía que le estaba dando largas, fue al ataque. «¿Ordeñaste bien a mi nieta?» Le respondí: «Su nieta no es una vaca para ordeñarla.» «Yo tengo complejo de vaca, y me vas a ordeñar si no quieres que le cuente a quien tu sabes que follaste a su novia.» Estaba visto que allí era un juguete con el que todo dios quería jugar, le dije: «Si hay que follar se folla.» Se levantó, me levanté, me tiró encima de la paja, me bajó la cremallera, sacó mi polla y la metió en la boca. Se veía que le encantaba mamar pollas, ya que chupaba y gemía como si le estuviera comiendo yo el coño a ella. Mamaba de maravilla. Su lengua envolvía la polla antes de cada mamada… Le duré lo que dura una vela encendida al llegar el viento, nada, no le duré nada. ¡Cómo gemía saboreando y tragando mi leche! Era cómo si estuviera saboreando un manjar. Después de tragar sacó el vestido y quedó en pelotas. Vi sus tetas grandes y decaídas, sus lorzas y su coño peludo… A ver, imponía un poco, pero más imponía el novio de mi prima, además yo estaba empalmado y ella tenia dos agujeros, ¿o no? Se echó sobre la paja y estirando los brazos, me dijo: «¡Fóllame!» Me eché sobre ella. Sus tetas iban a su bola, una caía para un lado y la otra para el otro, las junté y le mamé sus enormes areolas marrones y sus gordos pezones, ella con los ojos cerrados me acariciaba el cabello. Aunque te parezca raro me gustó comer aquellas tetas blandas, luego bajé a su coño. Ya sabía cómo comerlo. La iba a volver loca, o eso creía, ya que pasé mi lengua por su coño, lamí su pepita media docena de veces y sin más comenzó a correrse. Quedé boquiabierto viendo cómo se retorcía y cómo en posición fetal jadeaba cómo una perra. Al acabar de correrse, tirando del aliento se puso boca arriba. Estaba con los ojos cerrados y con los brazos y las piernas abiertas. Me puse encima de ella. Me echó una mano a la espalda, me cogió el culo con la otra y me metió la lengua en la boca. Pensé que mi polla no iba a tocar los lados de su coño peludo, pero entró tan apretada cómo si fuera virgen, al poquito de follarla, bueno, era ella la que agarraba mi culo y la metía, pues eso, al poquito, me dijo; «¡Me corro!» Me sentí importante de nuevo. Me sentí macho, muy macho, y más macho me iba a sentir, porque en menos de dos minutos se corrió tres veces, a la tercera me corrí dentro de ella, y después fuimos a desayunar.

-Ya vuelve a exagerar, tres veces en dos minutos son muchas veces.

-En ningún momento exageré.

-Sí usted lo dice… ¿Su tía se corría cómo su madre?

-Mi tía tardaba en correrse un mundo de tiempo.

-Cuente.

-Ya yo trabajaba en la mina cuando me folló. Esta vez mi prima, mi tía abuela y mi tío se habían ido en una excursión a Covadonga. Mi tía se quedó en casa con dolor de muelas. ¿Con dolor de muelas? ¡Con dolor de coño de lo poco que follaba con mi tío! El dolor de muelas fue la disculpa que dio para quedar en casa a solas conmigo. Estaba en la cama de mi habitación cuando entró por la puerta vestida con una combinación que le daba por debajo de las rodillas de sus gordas piernas y calzando unas zapatillas. Traía el pelo recogido en un moño, al lado de la cama se descalzó, quitó la combinación y la vi desnuda. Era un cuadro de su hija. Metiéndose en cama, y tapándose con la sábana que me cubría dijo: «Llevas mirándome con lujuria desde que llegaste. ¿Por qué?» Yo en ningún momento la había mirado con lujuria, pero cómo comprenderás no le iba a llevar la contraria le dije: «Porque estás muy buena». Me dio un pico, dos, tres…, después me besó con lengua y me echó la mano a la polla, yo se la eché al coño y noté que estaba muy mojada. Le metí dos dedos dentro. No sabía hacerle una paja, pero yo metí y saqué los dedos mientras mi tía me meneaba la polla y nos comíamos las bocas. Tiempo después sintiendo sus grandes tetas pegadas a mi cuerpo, sintiendo cómo me la meneaba y sintiendo cómo su lengua lamía la mía me corrí en su mano. Al acabar de correrme lamió su mano y chupó los dedos uno a uno hasta dejar la mano limpia de leche, después cogió la mía y me chupó los dos dedos que le había metido en el coño. Luego se destapó, se puso a cuatro patas, y me dijo: «Come mi culo!» Si mi prima era una guarra mi tía era una cerda, del meo pasaba a la mierda. En fin, me puse detrás de ella y le besé, lamí y mordí las nalgas. No era eso lo que quería. Me dijo: «Lame mi ojete y mete y saca la lengua de él». Abrí con las dos manos las nalgas de aquel tremendo culo y lamí su ojete repetidas veces, después le metí y le saqué la lengua de él. Mi tía entre gemidos me dijo: «¡Caliéntame el culo mientras me lo follas con la lengua!» Le di cada vez que mi lengua salía de su culo: «Plassss, plassss, plassss, plassss…» No le llegaba. Me dijo: «Un poquitín más fuerte» Le di algo más fuerte: «¡Plassss, plassss, plassss, plasss!» Quería más violencia. «Un poquitín más fuerte» Me dolían las manos de darle, así que bajé de la cama, cogí una de sus zapatillas marrones con piso amarillo de goma, volví a ponerme detrás de ella y le di: «¡¡Plassss!!» «¡Ayyy!» «¡¡Plassss!!» «¡Ayyyy!» «¡¡Plassss!!» «¡Ayyyy!» «¡¡Passs plasss!!» «¡Cabróóóón!» Tiré con la zapatilla y le acaricié las costillas para luego sorprenderla clavándosela en su rojo y dolorido culo. Rompió a reír y me dijo: «Me haces cosquillas». No se las había hecho, pero sabiendo que las tenía empecé a hacérselas. Se derrumbó sobre la cama y no paró de reír y de retorcerse hasta que se las dejé de hacer. Cuando se puso de nuevo a cuatro patas tenía lágrimas en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja. Me dijo: «Eres muy malo». Le dije: «Aún no sabes bien cuanto». Le puse la polla en la entrada del ojete y sin más se la clavé hasta los cojones. Exclamó: ·»¡Maricóóóón!» Le agarré las tetas y le di caña. Había vuelto el macho. Le dije: «¡Calla o te reviento el culo!» El que acabó reventado fui yo, tan reventado quedé después correrme dentro de su culo que caí rendido cómo caen los conejos después de montar a una coneja. Se dio la vuelta, cogió la polla, la olió y dijio: «!Me encanta este olor!» Le gustaba el olor a mierda. Luego la mamó hasta ponerla dura. Después se dio la vuelta y me dijo: «A ver si ahora aciertas con el agujero». Me puse detrás de ella y se la metí en el coño empapado. Entró con una suavidad exquisita, después la follé con calma para no cagarla de nuevo. Magreaba sus tetas y la besaba en la espalda, al rato la follé más aprisa, y después a toda hostia. Tuve que parar porque me iba a correr de nuevo. Mi tía no se corría ni a tiros. Media hora más tarde no aguanté más y le llené el coño de leche. Al sacar a polla del coño se dio la vuelta. Pensé que me iba a chupar la polla de nuevo, pero no, me puso el coño en la boca y me dijo. «Quiero correrme en tu boca.» Saqué la lengua, mi tía frotó su coño contra ella y cinco o seis minutos después, se corrió en mi boca temblando y jadeando cómo una loba.

Le pregunté:

-¿Cómo siguió la cosa?

-No siguió, mi tía al correrse se le iban las ganas, era mujer de una sola corrida.

-Se ve que en esas cosas las mujeres son todas diferentes, aunque cerda cómo su tía debe de haber pocas, y usted es otro cerdo.

-Lo que vas a ser tú cuando te toque comer un coño con tu corrida dentro.

Señor Agustín no me conocía, le dije:

-¡Nunca!

Ahora sé que no se debe decir nunca, jamás, puesto que unos meses más tarde le comí el coño a señora Mercedes, la mujer de señor Agustín, mientras mi leche salía de él.

Quique