No puedo estar lejos de Ramiro

Mauricio Adalid Campos N.

Uff! Esta pandemia nos tiene locos…. Y no queriendo, nos da la oportunidad de aprovechar el tiempo preparando nuevos relatos para ustedes, estimados lectores.

Ahora vengo a contarles una muy agradable experiencia que tuve con un guapo joven chiapaneco. Ocurrió hace algunos años, pero para mí, parece que fue ayer.

Como ustedes saben, amables lectores, soy un hombre maduro de alrededor de 49 años, dedicado a cuestiones de asesoría para pequeñas y medianas empresas y cuento con una clientela en diferentes ciudades de mi estado, al sur de México. No soy un adonis, pero trato de conservar mi presencia física. Mi edad me ha regalado algo de canas. Creo me conceden cierto atractivo, pues noto que ocasionalmente me observan con detenimiento. Soy moreno claro, y como dije, pelo entrecano, ojos cafés y complexión regular y me siento atraído sensiblemente por hombres de entre 18 y 35 años, que estén preparándose profesionalmente o hayan logrado terminar una carrera.

Aprovechando diversas circunstancias, inicié un pequeño negocio de ciber café, ya que tenía muy cerca varias escuelas de nivel básico e intermedio. Además, logré rentar una casita en un fraccionamiento estratégicamente ubicado cerca de los planteles, lo que provocaba una fuerte corriente de estudiantes, que acudían para usar el moderno internet y bajar información para sus trabajos escolares, o simplemente, para pasar el tiempo navegando por la red. La casa que renté para el negocio era de dos plantas. En la parte baja instalé diez máquinas y en el piso superior, dejé una recámara con cuatro equipos como área reservada. La otra habitación la habilité como oficina, para manejar el ciber y desahogar algunos de mis trabajos rutinarios.

Por mi trabajo, que demandaba mucho tiempo y frecuentes viajes a otras ciudades, no podía atender por tiempo completo mi negocio y contraté los servicios de Ramiro, un guapo joven vecino de la misma zona. Tenía entonces apenas dieciocho años cumplidos y había llegado a mi ciudad, en busca de oportunidades estudiantiles. Tenía un cuerpo muy bien proporcionado, debido a que hacía rutinas diversas para fortalecerlo en su casa. Su pelo lacio, que ocasionalmente caía por la frente, le daba un singular y atractivo aspecto. Le encantaba el futbol, por lo que sus piernas mostraban un buen desarrollo. Su piel trigueña, con un agradable rostro dotado de unos hermosos ojos, lo hacían sumamente atractivo.

El desempeño de Ramiro fue siempre muy positivo. Atendía las dudas de los clientes y les apoyaba en sus trabajos de investigación. Le empecé a tener confianza y dejaba en sus manos el negocio, mientras atendía otros asuntos en poblaciones foráneas. Siempre que regresaba, acudía a mi oficina para informarme de los pormenores de la jornada y rendir cuentas de los ingresos, siempre con transparencia.

Después de terminar las jornadas, nos quedábamos un buen rato platicando de sus proyectos e inquietudes, en amenas charlas que yo salpicaba con algunos chascarrillos relativos a su inteligencia, su trabajo y la buena presencia física. A decir verdad, me sentía sumamente atraído hacía él. Pero no se lo hacía saber, por temor a que prefiriera renunciar y perdiera la oportunidad de seguir tratándolo. Me conformaba con ligeros roces “accidentales” que me permitían sentir la firmeza de su cuerpo, particularmente el desarrollo de sus genitales y su atractivo trasero, muy bien proporcionado.

Me sentía en el paraíso cuando llegaba directamente de algún encuentro deportivo y pasaba a avisarme que solamente iría a su casa para asearse. El espectáculo de verlo en shorts, en los que se notaba claramente un atractivo volumen de su ya desarrollado pene, con sus bien torneadas piernas y la playera deportiva, me dejaba con la boca abierta.

No recuerdo el pretexto, creo que, por su cumpleaños, pero tuve la oportunidad de darle un abrazo, que traté de prolongarlo, felicitándolo en voz baja al oído. Lo atraje hacia mí desde su cintura y, sin querer, bajé mis manos y pude sentir unas nalgas suaves, pero firmes. ¡Oh, Dios!, ¡que rica sensación! Y lo más emotivo, fue que percibí que su pene estaba respondiendo con una incipiente erección. ¡Que rico! Sin embargo, no podía quedarme teniéndolo en mis brazos por mucho tiempo, y con frustración, tuve que soltarlo y cambiar la conversación. Pero este episodio me marcó en mi relación personal con Ramiro. Empecé a tomarle cariño. Buscaba los más baladíes pretextos para tenerlo en mi oficina, pero sin atreverme a más.

No cabe duda de que la mente es una herramienta poderosa del ser humano. A partir de entonces, empecé a soñar frecuentemente con él, viviendo situaciones muy agradables, con experiencias sexuales muy variadas. Y él, sin saberlo, era el protagonista de mis ilusiones.

Por ejemplo, en esas circunstancias, una ocasión me invitó a conocer su ciudad de origen en un puente vacacional. Y claro que acepté. Viajamos varias horas y al llegar a nuestro destino, una hermosa ciudad chiapaneca. Nos instalamos en su casa. El clima estaba muy frío, y me permitió pernoctar en una cama matrimonial, proporcionándome una cobija “para que esté más cómodo”.

– Qué bueno que vamos a descansar para recuperar energías, le comenté con gusto.

Salimos a comer algo antes de dormir y aprovechó para mostrarme la belleza de sus parques, en donde encontramos conciertos de marimba y gente bailando a su ritmo. Después de una buena caminata, regresamos a su casa para descansar del ajetreo del día.

Al llegar, le pedí me permitiera tomar un baño, para efectivamente tratar de descansar.

– No necesita pedirme permiso, está en su casa.

Salí de la regadera solamente envuelto en una toalla y así me recosté en la cama. Ramiro decidió también tomar un baño y se quitó la ropa, quedándose solamente en un calzoncillo tipo bikini de color negro. Que espectáculo: Un hombre joven bien formado, con unas piernas bien desarrolladas y, lo mejor, se le notaba un buen bulto que miré disimuladamente, mientras caminaba hacia el baño, al que entró y, por descuido dejó entreabierta la puerta. Alcancé a mirar cómo se despojaba del calzoncillo y entraba a la regadera. Que maravilla de hombre. Bien formado y atractivo. Se enjabonó el cuerpo y veía como se restregaba. Pasaba sus manos por el pecho, las piernas y sus hermosas nalgas, las que abría para lavarlas. Seguía su rutina y se enjabonó sus hermosos testículos y, desplazando la piel del prepucio en su hermoso pene, también los enjabonaba y lavaba muy bien. Su apetecible verga, al contacto con el proceso de limpieza, despertó mostrando una semi erección, muy apetecible. Luego dejó correr el agua en todo su cuerpo para enjuagarse y secarse dentro del baño. Igual que yo, salió envuelto en la toalla y se sentó en otra cama. Uso un agradable desodorante cuyo aroma llegó a mí y me provocó una excitación, que fácilmente pude disimular girando sobre mi cuerpo, cubriéndome con la sábana y la cobija, dejando la toalla extendida sobre la cabecera. El hizo lo propio en la otra cama, apagando la luz de la habitación. Solamente entraba un reflejo por una ventana e impedía la oscuridad total.

El clima estaba haciendo de las suyas, y no podía conciliar el sueño. Me movía para un lado y otro, buscando la forma de no sentir el frío. A pesar de mis esfuerzos, tiritaba y él se dió cuenta. Se levantó de su cama y se acercó a la mía.

– Voy a acostarme con usted, para que se le quite el frío.

– Pero estoy desnudo, así acostumbro a dormir.

– No tenga cuidado. Yo también duermo desnudo. Como vivo sólo, no me preocupo mucho y a veces ando desnudo en la casa, pero duermo al natural. Me siento libre y lo disfruto.

No esperé a que repitiera su propuesta y me recorrí a un lado de la cama, de espaldas a él. Se metió bajo la sábana y acomodó la cobija, tratando de cubrirme para no sentir el clima tan frío que hacía esa, mi primera noche. Yo no me moví para nada, pero ahora temblaba por los nervios de sentirlo a mi lado. Se acomodó detrás de mí, como decimos, “de a cucharita”. Me pasó un brazo sobre mi pecho y me abrazó. Sentí un agradable calorcito al sentir el contacto de su piel con mi cuerpo. También sentí su pene rozando mis nalgas, pero flácido. Por fin mi sueño se estaba haciendo realidad, al estar en la cama los dos desnudos…. Ah!!!

Pasaban los minutos y yo seguía temblando, pero con menor intensidad. Sentía su respiración en mi nuca, calientita. Mi corazón latía aceleradamente, y poco a poco, empecé a entrar en calor. Ramiro seguía pegado a mi cuerpo, y empecé a sentir como despertaba su verga, que estaba precisamente en medio de mis nalgas. Yo no me movía, para que no se perdiera ese exquisito contacto con la cabeza de su pene. En pocos minutos, ¡Ya estaba totalmente erecto!

Sentía la tibieza del lubricante natural que producía su magnífica verga. Percibí como empujaba suavemente, despacito, en el centro de mi culo. Yo ya estaba también super excitado y cuando empujaba, yo me acercaba a él, también suavemente. Ramiro lubricaba en abundancia, por lo que poco a poco me fue penetrando, sin dolor, sin molestia alguna, hasta que estuvo totalmente dentro de mí. Se quedó quieto unos minutos, mientras yo sentía como palpitaba su pene y nos acoplábamos con ése hermoso invasor de mi intimidad. Luego empezó a moverse en un rico vaivén de meter y sacar.

A cada embestida, yo retrocedía para sentirlo más dentro de mí. Con mis manos, le acariciaba las piernas, la cintura y alcanzando su espalda baja, lo jalaba hacia mí. No quería perder ese fabuloso contacto carnal.

Y pasaban los minutos y Ramiro aumentaba la velocidad de sus movimientos, acompañados de un clap, clap, clap, que producía su pelvis al hacer contacto con mis nalgas. Nunca intentamos cambiar de posición. Me sentía en la gloria a ser poseído por el hombre de mis sueños.

Después de un rato, sentí que su velocidad de penetración era magnifica y no me producía ninguna molestia, por estar muy bien lubricado. Sentí claramente que sus embestidas llegaban hasta el fondo y se detenía. Percibí como su verga latía con fuerza manteniéndome bien penetrado. ¡Y, la gloria! Una eyaculación abundante invadió mis intestinos, con un agradable calorcito por su semen, que depositó en mi recto, sin retirarse.

Minutos después, su verga empezó a perder dureza, hasta que salió de mí, sin esfuerzo alguno. Sentí como escurría su lechita y me limpié con la toalla que tenía cerca, y también lo hice con el pene de Ramiro. Volteé mi cuerpo y quedé frente a frente, mirándolo en la penumbra con esos ojazos hermosos que adornan su rostro. Solamente le dije, gracias, Ramiro, me has hecho el hombre más feliz de la tierra.

– Yo también lo deseaba, pero no sabía cómo pedírselo… Hasta que las cosas se dieron solitas y sí, me ha gustado mucho esta experiencia.

Acomodó su cabeza sobre mi brazo, y no quedamos profundamente dormidos.

Al amanecer, desperté muy contento, solo para darme cuenta de que estaba en mi casa y que todo había sido un sueño, donde el protagonista era Ramiro, el hombre que me quita el sueño.

No quiero perder la esperanza de hacerlo realidad algún día. Cuando ello ocurra, volveré con ustedes para relatarles mi experiencia.