El mejor verano de mi vida

El verano de mi vida

Me encuentro en la estación de Chamartín con una sensación agridulce: por un lado, siento una profunda tristeza por tener que despedirme de mi chico; vuelvo a mi pueblo en el norte de España y él regresa a su Málaga natal, y por el otro, aparece ante mí la siempre ilusionante perspectiva de volver a casa, iniciar las vacaciones de verano y reencontrarme con mi familia y amigos.

Tenemos planeado vernos durante un fin de semana en agosto. Nos hubiera gustado pasar más días de vacaciones juntos, pero va a ser imposible. Todos los años trabajo en una conservera de mi pueblo durante la campaña de verano. Mis padres no son ricos, y ese dinero me ayuda a pasar el resto del curso en la universidad. Este año esos ingresos van a ser más necesarios que nunca; tengo que comprarme un coche de segunda mano. Estoy haciendo cuarto año de medicina y al iniciar este curso las prácticas, lo voy a necesitar para desplazarme al hospital.

Me llamo Lucía. Tengo 22 años, y como he dicho antes, estoy cursando estudios de medicina en Madrid. Vivo con tres compañeras de la universidad en un micro piso de estudiantes, y ayer precisamente hizo dos años que salgo con Sebas, un malagueño encantador que conocí en uno de mis viajes en metro.

Estoy sentada junto a la ventana viendo el paisaje pasar. En mi IPod está sonando “All Of Me” y mis pensamientos comienzan a perderse… mi boca sigue recordando el sabor del último beso de mi chico impregnado en los labios, y en mi memoria ha quedado anclada la imagen de su rostro abatido diciéndome adiós en el andén.

Tras casi tres horas de viaje mi tristeza se desvanece al ver aparecer mi pueblo. Veo al otro lado de la ventana a mi padre. Me espera en la estación y saluda al verme a través del cristal. Al bajar siento su abrazo reconfortante y después de recoger mis maletas, tomamos rumbo a casa. Ya de nuevo en mi hogar, comienzo a ver las cosas con otra perspectiva: estar con mis padres y hermana me reconforta. Después de los besos y abrazos iniciales, me instalo en mi habitación. Me lleno de olor que desprende y al instante llegan a mí recuerdos de la niñez.

Vivimos en un pueblo pequeño del norte de España. Las principales industrias están dedicadas a la conserva. Prácticamente la totalidad del pueblo vive de la agricultura y de la industria conservera que esta genera. Desde que cumplí los dieciocho, todos los años trabajo en una conservera en verano. Es un trabajo que sólo dura la campaña del tomate, pero que, a la mayoría de los jóvenes del pueblo, nos aporta una importante ayuda a nuestra triste economía de subsistencia.

El primer día no salgo de casa. Me quedo con mi familia disfrutando de las primeras horas en su compañía. Al igual que yo, la mayoría de mis amigas trabajan en la conservera; al ser mañana mi primer día de trabajo, coincidiré con ellas, y a buen seguro nos contaremos novedades.

A la mañana del día siguiente la infernal alarma del móvil suena a las 05:20 horas. Lo apago diciéndome que ahora mismo me levanto. Tras los diez minutos de rigor; vuelvo a escuchar ese sonido estridente y mi mano palpa en la oscuridad buscando encontrar la tecla off. Cierro de nuevo los ojos y mantengo una conversación profunda con mi subconsciente: el tema a tratar es el cambio de tono de la alarma —como si tuviera mucha importancia el tipo de tono que te va a arrancar de los brazos de Morfeo—. La alarma vuelve a sonar… ¡llego tarde! ¿Puede haber algo peor que llegar tarde el primer día de trabajo? Me visto como las locas y me bebo el Cola Cao de un trago. Bajo al garaje e intento arrancar la moto… ¿he dicho intento verdad? La jodida moto no arranca. Echo a correr como alma que lleva el diablo hacia la conservera. Está a dos kilómetros, y como no podía ser de otra manera, llego tarde…

Ángel el encargado, se ríe al verme aparecer por la puerta acalorada. Se imagina el bochorno que tengo que pasar e intenta tranquilarme con un par de palmadas paternales.

—El primer día es el mejor para llegar tarde… no te preocupes no te ha visto nadie —todas las compañeras en la línea me estaban mirando.

—Ya lo siento Ángel, no me ha sonado la alarma… —una mentirijilla piadosa que por supuesto no cuenta como pecado.

Entro en la oficina para firmar el contrato y tener la charla de siempre con el gerente, después; me dan un par de batas, guantes, calzado y la tarjeta de identificación. Sigo a Ángel hasta mi puesto de trabajo. Voy a estar en la línea como otros años y por suerte ya conozco su funcionamiento.

En la cadena de seleccionado me coloco junto a mi amiga Marta y la saludo con un afectuoso beso. Más adelante, al inicio de la línea, están Esther y Laura, y también les lanzo un saludito disimulado acompañado de una sonrisa.

Mi trabajo consiste en desechar el tomate que no cumple las medidas y estándares de calidad, este pasa por la cinta y nosotras estamos sobre ella eligiendo. Es una labor repetitiva y aburrida, pero al menos te da la posibilidad de hablar con la compañera que se encuentra en frente, o dicho de otra forma: es el lugar ideal para enterarse de los cotilleos, infidelidades y separaciones del pueblo.

A la hora del almuerzo acudimos al área de descanso en dos turnos; el mío es el segundo y coincido con el de Marta. Me alegra coincidir con ella; siempre es bueno sentirse arropada por una amiga y poder cotillear un poco.

Tenemos un montón de cosas de las que hablar y los veinte minutos del almuerzo se quedan cortos. Charlábamos animadamente entre bocado y bocado cuando aparece… es un chico un poco mayor que yo. Tiene los ojos azul celeste más bonitos y penetrantes que he visto en mi vida. El pelo rubio y largo al estilo Brat Pit y bajo el buzo de trabajo se adivinaban 180 cm de cuerpo fibroso y musculado.

En el mismo instante que este pedazo de ángel con buzo se sienta con un grupo de chavales al otro lado de la sala, mi mirada interroga a Marta… hay veces que las amigas no necesitan hablar para decir lo que pasa por nuestra mente. Ella no solo me entiende, también me contesta.

—Es argentino, se llama Marcelo, lleva en el pueblo seis meses y tiene a todas revolucionadas… —Marta baja el tono de voz para que no se note de qué estábamos hablando.

— Parece majo el chaval… —intento darle a mis palabras un tono de falsa indiferencia que por supuesto Marta no se cree.

— ¿¡Majo!? ¿¡Pero tú has visto como esta!? Dan ganas de secuestrarlo, llevarlo al almacén y hacerle todo tipo de guarradas —la expresividad y sinceridad de Marta siempre son lo más.

— A mí eso me da lo mismo, yo solo tengo ojos para mi chico…

— Si, ya… y el Papa no es católico…

Continuamos con nuestro almuerzo entre confesiones. Pasan los veinte minutos de rigor y vuelve a sonar la sirena que nos indicaba que debemos de volver a la línea. Empiezo a recoger mis cubiertos en la pequeña nevera de viaje, y en ese momento, el cuchillo de la fruta se me cae al suelo… estoy tan enfrascada en la colocación de los tarros que me agacho a recogerlo sin tan siquiera mirar, mi cabeza golpea entonces de forma brusca contra algo… alzo la mirada y me encuentro con el rostro de Marcelo, se ha agachado a la vez que yo a recoger el cuchillo, y ahora se duele del coscorrón…

— ¡Que piña! —mientras con una mano me entrega el cuchillo, con la otra se frota la cabeza haciendo gestos de dolor.

— Lo siento, lo siento… perdona, me he agachado sin mirar… —primero llegaba tarde y ahora esto… quería que se me tragara allí mismo la tierra.

Marcelo no dice nada y hace un gesto con su mano haciendo ver que no tiene importancia, continua su camino hacia su puesto y yo termino de recoger todo. ¡Estoy atacada! Y al volver con Marta con dirección a la línea, tengo la sensación de estar más roja que uno de los tomates que pasaban por mis manos.

Al volver a su puesto lo observo… hay algo especial en él, un aura de silencio brota de su mirada. Lo veo caminar a lo lejos, es como si estuviera fuera de este mundo y estuviera oculto en el suyo.

— ¡Joder tía! Que forma más brusca de conocerlo has tenido… —la zorra de ella se pega todo el día descojonarse y recordándome mi gran momento.

—Te juro que hay días que es mejor no levantarse de la cama.

Mi primer día pasa con mucha más pena que gloria, y cuando llego a casa, me echo una siesta de pijama después de comer. Antes de dormirme me viene a la cabeza la imagen de aquel chico y nuestro accidentado encuentro, y vuelvo a sentirme la chica más estúpida del mundo.

Los primeros días de trabajo siempre son los más duros, todos los músculos del cuerpo están entumecidos y los madrugones no ayudan mucho, pero tras la primera semana, el cuerpo se acostumbra y todo empieza a ir rodado.

Marcelo lleva la carretilla elevadora; se dedica a alimentar la línea, proveernos de material y cargar los camiones. Suelo verlo por el almacén y coincidimos en el turno de almuerzo en el área de descanso. No he vuelto a cruzar palabra después del accidentado encuentro, pero nuestros ojos se han entretenido en más de una ocasión, con el ese juego que solo las miradas conocen.

Aquella mañana nos han cambiado de puesto de trabajo. Ángel nos ha instalado en el almacén para preparar un pedido para un cliente con unas necesidades especiales. Tenemos que empaquetar los botes en unas cajas que previamente debemos montar, y los paquetes terminados los dejamos en uno de los pasillos. Cotilleábamos animadas cuando de repente se escucha un tremendo estruendo tras nosotras… todas nos asustamos, y al girarnos, vemos como la carretilla ha chocado contra una fila de paquetes terminados, todos los botes y cajas estaban esparcidas por el suelo. Nos quedamos estupefactas y asustadas por el estruendo, pero Marcelo se baja de la carretilla hecho una furia…

— ¿Quién ha sido la “boluda” que ha puesto esas cajas en medio? —estaba alienado y casi se veía el humo saliendo de su cabeza.

Nadie contestó. Nos mirábamos las unas a las otras buscando la respuesta en la otra.

— ¿Ahora nadie las ha dejado? Se supone que por aquí tiene que pasar la carretilla… “me rompe las pelotas” que ahora nadie haya sido —a pesar de su enfado su acento argentino resultaba de lo más sexi.

— Quizás, si fueras un poco más despacio… hubieras visto las cajas —no pude resistirme a contestar.

—Y quizás si alguna de vosotras no “le faltaran un par de jugadores”, tampoco hubiera pasado nada —mientras hablaba se volvía a subir a la carretilla y nos dejaba allí recogiendo su estropicio.

Recogemos entre las cuatro que estábamos allí y cuando se va, comenzamos a criticarlo…

— ¿Qué quiere decir con eso de que nos faltan dos jugadores? —no estaba yo muy puesta en las expresiones argentinas la verdad.

— No se… pero algo me dice que no nos ha llamado guapas…

— A nosotras nos faltaran jugadores, pero a él le falta el entrenador y medio equipo. ¡Menudo gilipollas está hecho!

Sus palabras me han alterado como hacía tiempo no recordaba. Gracias a Dios son las dos y vuelvo a casa a comer. Antes de echarme la siesta llamo a Sebas. Estamos un rato hablando y le cuento lo que me ha pasado con el gilipollas del carretillero… él lo excusa, me dice que si habíamos dejado todo en medio del pasillo… quizás tenga algo de razón. Yo me enfado porque siempre me culpa de todo y le cuelgo.

No me puedo dormir. Me siento furiosa con el mundo y conmigo misma. Siento rabia por lo que ha pasado, pero mí mayor enfado es haber empezado con tan mal pie con Marcelo; sus palabras de desprecio me han dolido más que el coscorrón del primer día.

Cierro los ojos y mis pensamientos comienzan a revolotear… me siento excitada e inquieta. Calor, mi sexo emana calor. Mis dedos se acercan allí por instinto. Comienzo a fantasear… en mi sueño aparece Marcelo, pero yo no quiero que sea así, quiero que el protagonista sea mi novio Sebas. Mi mente me está traicionando y al final el papel principal es para el argentino.

¿Alguien me puede explicar por qué la razón se lleva tan mal con el deseo?

Acerco mis dedos a los labios y los humedezco con la lengua, después, bucean entre las sábanas y se cuelan bajo mis braguitas. Comprueban en persona mi cálida humedad. Siento un escalofrío al notar ese primer contacto embriagador. Mis dedos se abren paso entre los labios vaginales y se impregnan de mis cálidos fluidos. Noto la ligera presión en mi vagina cuando resbalaron en su interior y me deshago de gusto cuando comienzan a moverse muy despacio en mis entrañas.

Me despojo de las braguitas y la respiración pausada comienza a volverse trabajosa e inquieta. Quiero pensar en Sebas. Quiero que sea mi visitante. Que sea él quien entra en mi cama y me toma, pero no lo es… quien habita mis sueños es otro… en mis fantasías es Marcelo quien me devoraba con sus besos, es él quien exploraba mi cuerpo con sus caricias, quien toma cuanto quiere de mí y me hace suya.

Abro las piernas. Las yemas de mis dedos alcanzan el puntito de placer. Poco a poco pierdo el sentido de la realidad. Mi mente, se concentra en los estímulos sexuales que comienzan a recorrerme. Mis dedos, juegan con el clítoris y lo acarician, siento su presión embriagadora. La respiración se acelera y me derrito.

La cadencia del movimiento aumenta. Mis dedos se mueven y mis caderas se acoplan a su movimiento en un baile lascivo. Estoy a punto de dejarme llevar; me acerco sin remedio al punto de no retorno, ese instante mágico en el que lo real se mezcla con lo imaginario, tu cuerpo deja de ser tuyo, y eres arrastrada sin remedio en el expreso con destino al éxtasis.

Los espasmos se inician en el centro de mi deseo y se expanden sin control por cada rincón de mi anatomía. Mi cuerpo empieza a temblar emitiendo una serie de pequeñas convulsiones. Varios gemidos ahogados emanan de mi boca. Muerdo mi labio inferior. Me retuerzo sobre la cama y mis piernas atrapan mi mano entre ellas. Durante unos segundos maravillosos salgo de mi cuerpo y me traslado a un viaje de ida y vuelta al paraíso.

Permanezco hecha un ovillo sobre la cama recuperando el resuello. Pienso en lo que he hecho. Mi mente lógica no entiende; ¿por qué tiene que ser Marcelo? ¿Por qué un gilipollas tiene que ser parte de mi fantasía? ¿Por qué tienen que ponerme los imbéciles?…

Durante las semanas siguientes no mantengo conversación alguna con Marcelo, el único contacto que tenemos es el sutil encuentro de las miradas… miradas que se buscan, se encuentran y se enzarzan en una estúpida lucha de egos.

Alguien dijo una vez que… “la atracción no es una elección”. No podemos elegir quien nos atrae, si así fuera, todas terminaríamos con la persona que más nos conviene; la más amable, servicial y correcta, pero no es así… a veces nuestros mecanismos de atracción se activan de la forma más insospechada e irracional. Hay personas que se instalan en nuestra vida y nos es imposible sacarlas de ahí. Por suerte o por desgracia, este verano iba a conocer el significado de estas palabras.

Intentaba concentrarme en mi chico y apartar cualquier otro pensamiento de mi cabeza. Trataba de expulsar de mí mente al carretillero de ojos azules. Quería odiarlo y extraerlo para siempre del lugar en el que se había instalado, pero al igual que la utopía de “poner puertas al campo”, esta, se había convertido en tarea imposible. Nuestro subconsciente se comporta a veces de una forma irracional y nos empuja a desear lo prohibido. Crea en nosotros la necesidad de conseguir aquello que nunca ha sido nuestro, y nos arrastra a buscarlo pasando por encima de nuestros propios principios y creencias.

Las semanas pasan y también pasa el fin de semana que había reservado con Sebas. Tuvimos un maravilloso encuentro de tres días en Valencia. Disfruté las horas a su lado intensamente, como quien degusta un buen vino de reserva, pero cuando regresé de nuevo a la rutina de la conservera, cuando volví a verlo aquella mañana el pasillo del producto terminado, fui consciente de que estaba dentro de mí y no iba a ser tan fácil expulsarlo.

Pensé que volver a ver a mi chico me ayudaría, pero no lo hizo… mi atracción irracional hacia Marcelo seguía ahí. Mi mirada seguía persiguiendo sus movimientos por la conservera. Su presencia a menudo poblaba mis sueños y el deseo que sentía por él, me consumía día tras día.

El siguiente fin de semana eran las fiestas del pueblo. En invierno no hay mucho ambiente porque la mayoría de los jóvenes están fuera, pero en verano, y especialmente el fin de semana de la patrona, el pueblo se llena de vecinos que viven el resto del año fuera y hay un ambiente increíble.

He quedado con Esther y Marta para salir a tomar algo, luego nos juntaremos toda la cuadrilla de amigas. Es el día grande de las fiestas y estoy terminando de arreglarme frente al espejo. He recogido mi cabello castaño con una coleta para ir más cómoda. Realzo mis ojos color miel con rímel y me maquillo con carmín rojo los labios.

Lo bueno de las fiestas es que no es necesario pensar en que ponerte, todo el mundo lleva el conjunto de ropa blanca y pañuelo típico. Me enchufo una camiseta ceñida elástica que marca sobremanera mi talla 90 de pecho y una pantaloneta vaquera corta que casi deja escapar el cachete del culo.

Durante toda la noche no paramos de bailar, beber y reír. Los pocos bares que hay en el pueblo están abarrotados y hace un calor soporífero. Vamos a la verbena de la plaza ya que es el sitio más cómodo, y aunque la música sea pachanguera, allí nos instalamos. Lo estoy pasando genial, y durante unas horas he conseguido apartar de mi mente el oscuro objeto de mi deseo. Estamos todas más ebrias que sobrias y bailamos animadamente la música que la orquesta tiene programada. Da lo mismo que suene “Maná” o “Paquito El Chocolatero”, nosotras cantamos y bailamos con intensidad “top”.

Estoy en el mejor momento de la noche cuando lo veo aparecer… llega con sus amigos y se sitúa a unos metros de nosotras. Desde el instante uno, mi tensión arterial se desboca, mis ojos se comportan como autómatas y comienzan a perseguirlo.

Cuando has bebido un poco de más te sientes desinhibida, no tienes problema alguno en hacer el tonto, y el miedo al “qué dirán” desaparece. ¡Joder! Me siento atacada, su mirada se ha instalado en mí e intuyo que me escruta a través de la gente. Con disimulo mis ojos lo buscan y de vez en cuando nos encontramos, y cuando esto pasa… iniciamos el silencioso juego al “escondite” de las miradas.

Serán las tres de la mañana y la orquesta parece no querer terminar. En el escenario aparece una pareja de bailarines y las luces se apagan; acto seguido se enciende un foco central que los ilumina, y comienza a sonar la bachata “Una Propuesta Indecente” de Romeo Santos…

“Si te falto al respeto y luego culpo al alcohol.

Si levanto tu falda, me darías el derecho.

A medir tu sensatez, poner en juego tu cuerpo.

Si te parece prudente, esta propuesta indecente.

A ver, a ver, permíteme apreciar tu desnudes.

Relájate, que este Martini calmara tu timidez.

Una aventura es más divertida si huele a peligro”…

Todo está oscuro. Alguien se acerca a mi lado, pero no distingo ver quién es… él me toma por la cintura y tras abrigar mi mano con la suya, alcanza mi cuerpo y me rodea con su presencia. Ahora me arrastra a bailar tan pegado que el aire deja de correr entre nosotros. Su rostro está a escasos centímetros de mí cara, y cuando mis pupilas se acostumbran a la oscuridad, soy consciente de que es Marcelo el que está clavando sus ojos azules en mí…

Si existiera el paraíso en la tierra, estoy segura que estaría aquí… bajo la carpa de la plaza y en el espacio que delimita su cuerpo y el mío.

Alguien dijo una vez que “bailar es hacer el amor en vertical” creo sinceramente que si existe química entre dos personas cuando bailan, es seguro que esa misma conexión aparecerá en la cama.

Nos movemos de forma sinuosa al ritmo de la música. Sabe lo que se hace y me dejo guiar. Su cuerpo se pega a mi cuerpo y nuestras curvas se encajan las unas en las otras. Sus ojos se clavan como púas, pero no lo miro. Posa su mano en mi barbilla para alzar mi rostro. Los ojos se encuentran y nuestras miradas se fusionan. Mi corazón late con fuerza y el ritmo de la respiración se acelera. Nuestros alientos se funden hasta convertirse en uno solo, y cuando la canción toca a su fin… sus labios se ciernen sobre mí y saquea mi boca con avidez. El mundo se para y mis sentidos se nublan. Sus labios me queman y su lengua entra en mi boca. Ambas lenguas se unen en un húmedo ritual, un movimiento ceremonial que solo ellas conocen.

Mientras me besa pierdo el sentido del tiempo y del espacio. Cuando se separa, me observa y yo lo miro sin saber qué hacer. Desde el mismo instante que sus labios se despegan de mis labios, se activa en mí un horrible sentimiento de culpabilidad. A pesar de que mis emociones me piden volver a besarlo, mi comportamiento racional y lógico me empuja a darle un bofetón en la cara… suena el chasquido del golpe y me mira con sorpresa. Durante unos segundos eternos, queda plantado frente a mí preguntando con su mirada, después se da media vuelta y se va.

Delante de mis amigas me hago la ofendida haciendo ver que todo ha sido un beso robado…

— ¿Joder tía que bofetón! —la primera que viene a preguntar es Marta.

— ¿Qué ha pasado? Se os veía tan bien bailando…— ahora era Laura, Esther y las demás, las que también se acercaban a preguntar.

— Es un cerdo. Me ha querido dar un beso sin venir a cuento —me hice la ofendida.

— A mí me parece que ha sido más que un beso robado guarra… “estabais más calientes que una chocolatera” ja, ja, ja —aunque las otras parecían haber visto solo el final de la película, Marta se había tragado la película completa.

— Calla y no digas tonterías… no me liaría con ese tío ni por todo el otro del mundo —de nuevo hablaba mi cerebro lógico.

—Ya sabes lo que dicen… “Los que se pelean se desean”

La noche continúa pero no vuelvo a verlo. Regresamos a casa cuando las primeras luces del amanecer asoman. A pesar de estar cansada me cuesta dormir. Pienso en él… todavía puedo sentir el sabor de sus labios impregnado en mi boca. Recuerdo su cuerpo aferrándose a mí durante la canción; su olor, su acento argentino, el tacto de sus manos… y al final tengo que darme un homenaje para conciliar el sueño.

Al día siguiente me quiero morir… tengo una resaca terrible y me duele la cabeza. Vivir en la tranquila “zona de confort” de pareja ha hecho que pierda la costumbre de los excesos, y aunque no me guste, tengo que recurrir al Ibuprofeno. Apenas como nada y me pego todo el día arrastrando mi cuerpo como un zombi entre el sofá y la cama. Me repito a mí misma la eterna promesa de los días de resaca… “en mi vida vuelvo a beber”

Después de comer llamo a Sebas; apenas hablamos, me cuesta mantener con una conversación, me siento culpable… aunque la versión oficial habla de un beso robado, engañar a los demáses mucho más fácil que engañarse a una misma.

La campaña toca a su fin y con ella el verano. Sólo queda una semana y después regresaré a Madrid. Cuando vuelva con mi chico y a la monotonía del día a día se instale de nuevo en nuestras vidas, todo habrá terminado. Estoy segura que la obsesión por Marcelo quedará aparcada en algún rincón donde habita el olvido.

Mi último día de trabajo es el viernes. Por un lado, tengo ganas de terminar de trabajar y volver a ver a mi chico, pero por el otro… me da pena despedirme de familia, amigas y aunque nunca lo reconozca… de él.

El lunes vuelvo a Madrid pero el domingo tengo la boda de mi prima. Me he comprado un “trapito” que me ha pagado mi madre. El vestido en cuestión es un dos piezas negro con un solo tirante y un hombro al descubierto, la falda es corta de tul y lo acompaño con unos stilettos de la franquicia” MariPaz”, son negros de charol con la suela roja y me encantan. Estos últimos soy yo quien los paga, pero no me importa, me quedan igual que si fueran unos “Louboutin” originales.

Es viernes y estamos a punto de salir. Ángel me llama a su despacho y me propone hacer unas horas extra el sábado. Hay que hacer inventario en el almacén y la chica que lo hace siempre está enferma. En realidad, lo que menos me apetece para mis últimos dos días es ir a currar, pero Ángel siempre se ha portado genial conmigo y no puedo decirle que no.

Me vuelvo a probar el vestido y me pongo también los zapatos, está mal que lo diga… pero me veo guapísima. Aún es viernes, pero ya estoy deseando que llegue el domingo para lucir palmito en la boda.

El único problema que tengo ahora son los zapatos… al ser nuevos, creo que me pueden hacer rozaduras, así que tomo la decisión de llevarlos un par de horas puestos por casa para hacerlos al pie.

El sábado me levanto con tranquilidad porque a pesar de trabajar no tengo que ir a las seis. Cojo mi moto. Me pongo mi casco de hormiga atómica y meto los stilettos en la mochila.

No hay apenas nadie en la conservera. Entro y lo primero que hago es ir a fichar, después paso por la oficina de Ángel, este me explica cuál va a ser mi labor y para finalizar me da una bata blanca de control calidad. Voy al vestuario y me pongo la bata sobre los vaqueros cortos deshilachados y la camiseta con un hombro al aire que llevo puesta. Me pongo las gafas porque veo menos que un gato de escayola, y me enchufo los zaparos que me he comprado para ir cediéndolos mientras hago el recuento.

La conservera se encuentra vacía, tan solo se escucha en el almacén de carga el ruido característico de la carretilla elevadora entrando y saliendo de los camiones. Comienzo el aburrido y monótono conteo de palets, cajas, botes y etiquetas. Es un trabajo soporífero. Empiezo a sospechar que la chica que lo hace habitualmente ha fingido estar enferma para “encasquetárselo” a otra.

Como ya me imaginaba que la cosa iba a ser aburrida, me he traído los cascos para escuchar un poco de música. ¡Es alucinante el montón de etiquetas y marcas que se pueden hacer con un mismo tomate! El consumidor elige un bote de una marca determinada, piensa que elige mayor calidad al ser más caro, y resulta que es el mismo tomate que entra en una lata u otra dependiendo de la casualidad.

Al fondo de la nave se escucha el ir y venir de la carretilla, su sonido se mezcla con el ruido de las palas subiendo y bajando. Estoy segura de que tiene que ser Marcelo… no puedo evitar la tentación y espero en el pasillo que da a la nave de carga para confirmar mis sospechas.

Lo observo a lo lejos escondida tras los palets; es un hueco discreto, el lugar ideal donde puedo ver sin ser vista. Me encanta mirarlo sin miedo a ser descubierta. Está absorto en su trabajo; va y viene, sube y baja y de nuevo vuelve a repetir la operación. Lo examino manejando la carretilla mientras mira la nota del pedido; desprende una imagen profesional y correcta, la imagen de alguien que se toma su trabajo en serio.

Pero a mí me apetece ser un poco mala… aunque la zona donde estoy realizando el conteo, es diferente al almacén de producto terminado y carga, decido darme una vuelta por allí para provocarlo… me acerco al lugar y de la manera más disimulada y profesional posible, comienzo a mirar los palets ya preparados para la carga, y hago como si los cuento. Me planto allí con mis taconazos, mis gafitas y mi bata blanca, enseguida siento el subidón al sentirme observada, y también por qué no decirlo… deseada.

Tras unos minutos de contabilidad fingida, hago como que realizo mis apuntaciones en la libreta y me marcho por donde he venido sin decir adiós. No miro atrás, estoy segura que sus ojos me están persiguiendo… antes de desaparecer, escucho el estruendo de unas cajas al caer, me doy la vuelta y compruebo que ha tenido un pequeño accidente… ha golpeado a uno de los palets y han caído varias cajas. Él se baja entonces de la carretilla lamentándose, pero yo sigo mi camino con una sonrisa malévola.

Reconozco que se me ha alegrado el día. Ver el estropicio que ha preparado, me ha teñido de color de rosa la mañana y ahora reinicio mi tediosa labor con ánimo renovado. No puedo evitar reír por lo bajini al recordar su cara de acelga al bajar de la carretilla.

No me queda ya mucho, es la última hora de trabajo, y en los cascos está sonando “Shallow”. Me viene a la memoria la ceremonia de los Oscar en la que Lady Gaga y Bradley Cooper la cantan juntos al piano… no sé si era una actuación, pero hacía tiempo que no veía tanta tensión sexual no resuelta.

Estoy ensimismada con el recuento y con la música, no me percato que pasa Marcelo con la carretilla y está a un “tris” de atropellarme… este se asusta mucho pensando que me había golpeado con el bulto que transportaba y se baja angustiado a preguntarme.

— ¿Estás bien mina? —Parecía asustado.

— Si… pero podías andar con más cuidado. Pareces un poco torpe con la carretilla —Ya era lo que le faltaba por oír al pobre muchacho.

—Yo seré torpe, pero vos parecéis estar grabando una película porno con esas pintas. —mientras hablaba esbozaba una sonrisa pícara.

—Un poco gilipollas sí que eres… —me había golpeado en la línea de flotación y no me quedaba otro recurso que el insulto.

— No sé qué problema tienes vos conmigo… pero si no llevaras los cascos puestos, seguramente hubieras escuchado el carretillo. —¿he dicho que me encanta su acento?

— ¿Está prohibido llevar cascos también? —el caso era hacerle cabrear…

— Pues sí. Está prohibido… —mientras lo decía, señalaba a uno de las decenas de carteles con las normas que están repartidas por la nave.

Entre la bronca y la evidencia, no puedo hacer otra cosa que hacer un gesto circunspecto con la cara y retirarme los cascos.

— ¿Así te gusta más?

— Vos me gustáis de todas las maneras… —gelatina. Tras sus palabras, mi falsa arrogancia pasó a convertirse en gelatina temblorosa.

— Pero qué dices… ¿estás loco? Tengo novio — el tono sonaba tan patético…

— Tu novio no me interesa… me interesas vos. —encima graciosillo…

— Me refiero a que no puedo tener nada contigo…

— ¿Por qué no? El sábado hubo onda entre vos y yo… aunque no lo reconozcas sé que la hubo. —ya lo creo que la hubo.

— El sábado te aprovechaste de mi —son palabras poco creíbles, pero sigo intentando auto convencerme.

En ese instante Marcelo acorta el espacio que nos separa y sitúa sus labios a escasos centímetros de los míos, siento su cálido aliento resbalar por mi boca y comienzo a notar el tembleque en las piernas.

— Y si hora también me aprovecho… ¿me vas a volver a dar una piña? — ¡que alguien me sujete! Las piernas van a ceder de un momento a otro.

—Más te vale que no te atrevas… —el tono de mi voz sonaba débil, inseguro, tembloroso, realmente sonaba patético…

A veces nuestro yo racional dice no, sin embargo, el yo emocional grita sí con todas sus fuerzas

Retira uno de los mechones de mi rostro y la yema de sus dedos acaricia con dulzura mi cara, siento como su mano se escurre entre mi pelo, alcanza la nuca y me atrae hacia él… nuestros labios se rozan con vergüenza, una leve caricia casi inapreciable, después, quedan varados frente a mí, torturándome con su presencia… no puedo resistir la dulce tentación, mi boca se abre sin pedir permiso a la razón y ambos nos fundimos en un beso infinito. El beso se inicia con un ritmo dulce y suave, su lengua entra en mi boca y la saquea con delicadeza, poco a poco el ritmo de las respiraciones comienza a acelerarse. Lo que era pausado y delicado, se torna excitado y ansioso. Sus manos me atrapan y me atraen hacia él. Las curvas de su cuerpo se acoplan a las del mío. Siento todo su instinto animal aferrarse a mi como si fuera su último clavo ardiendo.

Por un instante la ansiedad de sus besos se separa de mi boca y se instala en mi cuello… siento sus labios acariciar la delicada piel y no puedo evitar emitir un gemido ahogado. Ahora son sus dientes los que me rasgan mi piel y me provocan cientos de escalofríos que se expanden por mi cuerpo como un incendio sin control.

Calor…, siento calor, mucho calor… sus dedos desabrochan hábilmente los botones de mi bata y la abren.

—No. Por favor. Nos pueden ver… —intentaba mantener un mínimo de cordura, un poco de agua para el incendio que amenazaba con quemarlo todo a su paso.

Pero era demasiado tarde… Marcelo solo escucha su instinto animal. Sus manos sueltan el enganche del sujetador y levantaba la camiseta para dejar mis senos desnudos frente a él. Las yemas de sus dedos abrigan un pecho y seguido su boca lo succiona. Siento la acometida de la sangre endureciendo y tensando el pezón, esta tan sensible y receptivo que tengo que morderme el labio inferior para evitar gritar.

Me dejo llevar por la locura al tiempo que la respiración se convierte en un resuello… por un instante, un último momento de lucidez me hace volverlo a intentar…

— Déjalo ya. Nos van a ver… —mis palabras entrecortadas apenas son un susurro.

Hace caso omiso a mis súplicas… nuestros sentidos están nublados y el deseo nos consume sin remedio. Somos dos fuegos que arden sin control y devoran todo a su paso.

Su ansiedad me empuja contra la pila de cajas vacías y me estruja contra ellas. Definitivamente he perdido el control de mí misma y me dejo arrastrar por el camino de lo prohibido.

Su mano manchada de polvo estruja con fuerza mi pecho desnudo mientras su lengua estimula mi pequeño pezón, lo estira con los labios y lo muerde, tira de él y lo alarga con los dientes para después soltarlo. Mis manos se entrelazan a su cuello y me consumo de gusto.

Su otra mano suelta el botón del pantalón y me baja la cremallera… se cuela con descaro y determinación bajo mis bragas… de lo más profundo de mi ser, emana un gemido al sentir el roce de sus dedos por vez primera en mi húmeda intimidad. Sus dedos se impregnan de mis fluidos y de nuevo me consumo de gusto.

Marcelo esta desatado y el deseo lo consume, sus manos me buscan, me exploran, me toman… tira de mis pantalones y los baja, estos caen al suelo. Primero una, luego la otra, levanto mis piernas, me despojo de ellos y estos quedan tirados en el suelo

Estoy apoyada en la pila de cartones vestida tan solo con mis braguitas negras bajo la bata. Él me mira. Sus ojos encendidos me devoran. Se agacha colocándose en cuclillas a la altura de mi sexo. Estoy temblando. La respiración hincha mi pecho y acelera el pulso. Tira de mis braguitas mojadas y estas caen al suelo. Levanto mi pierna y apoyo el zapato en la uña de la carretilla que ha quedado frente a mí. Poso las manos sobre su cabeza y mi instinto irracional le invita probar…

Mi estómago se encoje al sentir su aliento en el centro de mi deseo, y cuando su lengua se abre paso entre los labios vaginales y rozan el clítoris por primera vez… gimo como una gatita en celo y tengo que morder mi dedo para evitar no gritar. Su lengua acaricia, roza, presiona, y me provoca un gusto maravilloso. Mis manos presionan su cabeza con desesperación, lo aprieto con ansia contra mi sexo, intentando aplacar el deseo que me consume.

Muevo las caderas buscando aumentar el embriagador roce de su lengua. Mis manos presionan su cabeza, mientras mis ingles se mueven en círculos, anhelan sentir con mayor intensidad el roce, la presión, el gozo…

Siento que estoy a punto de llegar al final, mi cuerpo quiere dejarse ir, quiero derramarme sobre su boca y explotar de gusto, pero Marcelo no va a querer que termine. Se incorpora dejando en mí una sensación de ansiedad y me arrastra hasta la cama de cartones que se encuentra tras nosotros. Es un palet lleno de cartonaje plano para introducir en la encajadora. Me recuesta allí… estoy semidesnuda, expuesta, jadeante. Me observa y se deleita con mi imagen, y sin apartar su mirada, se despoja del buzo con un abrir de cremallera.

Frente a mí se haya ahora un dios griego. La imagen que hasta ahora tan solo había aparecido en mis fantasías inconfesables y sucias. Se acerca a mí; Marcelo gatea hasta colocarse a horcajadas. Sus fuertes brazos quedan fijados a cada lado de mi cara. Su rostro se inclina y su lengua roza la comisura de mis labios. Siento la leve caricia recorrerlos y no puedo evitar abrir mis piernas y rodear sus caderas con ellas. Noto el paquete bajo su bóxer frotarse contra mi sexo… se mueve sobre él y ambos nos restregamos con la ansiedad propia del deseo animal.

He olvidado el día después, el lugar, el miedo, mi novio… el deseo me ha tomado al asalto, y mi mente no alberga otro pensamiento que no sea el aquí y el ahora.

Sus dientes se clavan en mi yugular y rasgan la delicada piel. Cientos de escalofríos se inician en mi cuello y se expanden por mi cuerpo como un tsunami que todo lo arrasa. Mi respiración se acelera, se convierte en un jadeo constante. Sus manos se pasean por mi cuerpo. Toca las caderas, el monte de Venus, los pechos. Oigo su excitada respiración en mi oído y permanezco inmóvil mientras invade mi cuerpo.

Cierro los ojos y emito un gemido al percibir su tacto jugar con mi pequeño pezón. La sangre amotinada lo ha sensibilizado y me consumo cada vez que las yemas de sus dedos lo acarician, lo presionan, lo estiran… juega con él y yo me deshago de gusto bajo su embrujo.

Las manos reaccionan y bajan su calzoncillo con la torpeza ansiosa de quien no puede esperar. Abro las caderas y mis piernas se entrelazan alrededor de su cintura. Quiero que tome todo cuanto desee, me muero por sentirlo en mis entrañas, por notar su erección en mí.

Si esto es un sueño… no quiero despertar jamás.

Marcelo me vuelve a mirar… sus dedos se entrelazan con los míos y su glande se encaja en la entrada de mi vagina. Quiero que este momento dure una eternidad y que quede anclado para siempre en mi memoria. Cierro los ojos pero me pide que vuelva a abrirlos. Nos miramos, lo hacemos mientras se sumerge en mi interior… me estremezco al percibir su dulce presión abrirse paso entre las paredes vaginales. Entra hasta el final y se detiene, siento la sensualidad mágica de la primera vez a su lado, ese encuentro especial en el que las paredes de mi vagina se acoplan a la forma su pene, para cubrirlo y abrigarlo en una conexión única.

Seguimos mirándonos, durante unos instantes Marcelo permanece inmóvil, observando, saboreando el momento, degustando todas las expresiones que mi rostro refleja. Muevo las ingles en pequeños círculos invitándole a seguir. Comienza a moverse, se sumerge y sale de mí, siento su presión, su roce, su presencia. Mis manos se aferran con más fuerza a sus manos y mi respiración se acomoda a sus movimientos.

Cada embestida suya es acompañada por un gemido. Su pene entra hasta mi útero y vuelve a salir. Mi cabeza se inclina hacia atrás y contraigo mi pelvis. El sonido de mis jadeos se mezcla con el chasquido de cuerpos chocando.

Una…, dos…, tres…, sus acometidas son cada vez más impulsivas. Percibe mi gozo y respiración trabajosa. Abro la boca buscando el aire y me muerde con ansia el cuello. Gimo y él se bebe mis gemidos. Quiero que el tiempo se detenga y quedarme ahí para siempre, quiero permanecer a su lado con nuestros cuerpos entrelazados.

Sus labios arden sobre mí y mis manos se aferran y se clavan en sus nalgas, noto su cuerpo tensarse con cada acometida, e intento atraerlo hacia mí con todas mis fuerzas. Me fascina percibir bajo mis manos su musculatura. Me encanta notar como se endurece y se tensa, y como sus movimientos de bombeo están a punto de trasladarme al paraíso.

Sus embestidas se vuelven ahora más secas y posesivas. Una y otra vez me empala, y yo lo recibo deseosa de más. Su cadencia de bombeo es cada vez más intensa, siento que su final está llegando y el mío también…

El éxtasis me toma al asalto, me derramo y decenas de espasmos se inician en mi sexo y se trasladan después por el resto del cuerpo. Me estremezco y el estómago se encoje. Las manos se aferran con fuerza a su cuerpo y varios gemidos emanan de mi boca. Mi cabeza se mueve a ambos lados de manera convulsa, poseída por el éxtasis del momento. Marcelo es ahora quien lanza un gruñido gutural, todo su cuerpo se tensa y se deja ir dentro de mí, mientras se hunde por última vez.

Tras la tempestad llega la calma. Estamos uno sobre el otro con los cuerpos entrelazados. El ritmo de la respiración continúa siendo un resuello y ninguno hablamos, tan solo seguimos ahí… disfrutando del momento, saboreando íntimamente la presencia del otro.

Marcelo me observa como quien mira a un niño y sonríe. Acaricia mi rostro y me da un beso dulce y pausado.

— Has sido malo. Te había dicho que no… —sonrío al recordarlo.

— Lo se… tus palabras decían una cosa, pero tus emociones decían otra… y yo “mina”, siempre hago caso a las emociones. —me encantaba escuchar de sus labios la palabra “mina”

Hay algo que tiene el sexo aparte de ser maravilloso… pone las cartas sobre la mesa. Podemos jugar a las miradas, hacer juegos de palabras con la otra persona, fantasear, jugar al quiero y no puedo… pero el sexo siempre nos quita la careta y nos expone al otro, nos desnuda dejando a la vista mucho de lo que permanece oculto. Después del sexo todo es diferente, los sentimientos afloran y es más difícil disimularlos.

Ambos nos vestimos y permanecimos sentados sobre la pila de cartones.

— No puede volver a pasar… me voy a Madrid el lunes. —había regresado mi yo racional.

— ¿Por qué no? Madrid no esta tan lejos… —el tono de su voz era de decepción y tristeza.

—Tengo pareja Marcelo… tengo pareja y lo quiero…

— Pero esto no ha sido una mentira mina ¿o sí?—ver su rostro teñido de decepción me rompía el corazón.

— No ha sido una mentira, pero tengo una vida y no puedo renunciar a ella por mucho que me gustes…

“Lo malo de la pasión es cuando pasa, cuando al punto final de los finales, no le siguen los puntos suspensivos”.

Aquella noche no pude dormir, a mi mente regresaban una y otra vez los instantes vividos junto a él; recordaba su imagen, su tacto, su olor, su cuerpo aferrándose a mí… pero sobretodo, mis pensamientos rememoraban la melancólica tristeza de su mirada al despedirnos.

El día de la boda lo pasé a medio camino entre la alegría y el pesar. Deseaba verlo aparecer y ser rescatada como las princesas en las películas. Sabía que el lunes iba a coger el tren, pero necesitaba que me volviera a pedir que no me marchara, quería sentir que luchaba por mí.

Y la boda también tocó a su fin y Marcelo no apareció, por desgracia, las escenas en las que el príncipe corre a rescatar a su princesa, solo suceden en las películas. Durante la celebración fui una mujer débil e incumplí mi promesa de no beber, llegué a casa con los stilettos en la mano, la estabilidad resentida y la triste sensación de que me encontraba ante un punto y final. Tan solo me quedaba el pequeño y a la vez gran consuelo del recuerdo.

Me despido de mi padre en la estación, entro al vagón, busco mí asiento y me instalo junto a la ventanilla. El tren está a punto de partir y me acomodo para pasar las casi tres horas de viaje. Cierro los ojos y enseguida vienen a mi mente los recuerdos… el verano en mi pueblo ha sido muy especial, me llevo muchas vivencias, pero sobre todo me llevo conmigo un corazón mal herido, un corazón que necesitara tiempo para sanar y al que seguramente le quede cicatriz.

El tren coge velocidad y comienza a quedar atrás el paisaje conocido. Abro el bolso en busca de los IPod y entonces es cuando la veo… hay una carta dentro, sorprendida la abro y entonces es cuando veo que es él… ¿Cómo lo ha hecho? ¿En qué momento la ha metido? Siento el latir del corazón golpear con fuerza contra el pecho cuando la despliego…

“Hola mina.

Sé que va a ser difícil salir ilesos de esta magia en la que andamos presos, pero no quiero ser un punto final… déjame al menos ser un punto y seguido”.

Una lágrima resbala por mi mejilla. Un sentimiento contradictorio me invade, no sé si reír, llorar o hacer las dos cosas a la vez. No puedo evitar leer la nota varias veces, cada vez que lo hago, noto una sensación extraña, algo que nunca me ha ocurrido, un sentimiento difícil de explicar y que agita mis emociones… ¿es posible sentir miedo y ser feliz? ¿Desear quedarme y huir? ¿Odiar y amar?

Para Marta, una mujer con mayúsculas muy visible. Gracias por tus valiosas correcciones que me han ayudado a ser un poquito mejor.