La hermosa hija de mi vecino ¡Qué perra!

Mi nombre es Antonio y por aquel entonces tenía 63 años, calvo por la parte superior con pelo corto y gris por la nuca y los costados, pobladas cejas, ojos castaños y rostro afeitado. Aunque lo fui, ya no era ningún sex symbol: 175 de altura, brazos fuertes aunque no tonificados y una notoria curva de la felicidad en la parte central de mi cuerpo.

Vivía sólo con mi mujer Adela, una mujer guapa, extrovertida, delgada de pequeños pechos a los que sus 60 primaveras no habían hecho estragos. Tengo dos hijos, Ismael y Judit, los cuales se independizaron hace unos cuantos años.

-Hombre, hola Julián, cuanto tiempo, ¿Cómo estás? -dije al vecino al coincidir con él en el rellano para esperar al ascensor.

-Pues bien, ahí andamos, que no es poco…

-¿Va todo bien? Se te ve angustiado.

-¿Tanto se me nota? Es mi hija… Ya no sé que hacer con ella.

-No me cuentes más… Ya he visto como sale y con quien sale. Los 19 es una edad difícil, te lo digo por experiencia.

-Pues menuda jubilación me está dando.

Julián tenía la misma edad que yo y se había prejubilado. Su mujer, que era bastante más joven que él cuando se conocieron, había fallecido tiempo atrás y estaba seguro que el dolor de la pérdida y el poco tacto de Julián ayudaban al rumbo que estaba encaminando su hija.

Al llegar a nuestro destino me despedí de Julián y me dirigí al trabajo para realizar mis obligaciones: control de stocks, gastos de producción… Me gustaba lo que hacía y la fábrica la tenía tan cerca de casa que podía ir andando hasta ella. Así lo hacía y esos 30 minutos de ida más los 30 de vuelta ayudaban a no oxidarme tras pasar tantas horas sentado en la silla de oficina.

Al regresar de mi jornada laboral vi a Sheila, la hija de Julian, en un parque junto a 3 chicos. Estaban sentados en un banco fumando lo que previsiblemente serían porros. Ella también me vio a mi pero no se inmutó, ni se dignó a ocultar lo que estaba haciendo.

Sheila era una chica ¿emo, punk…? No sé cual es la jerga utilizada y me pierdo un poco con el vocabulario de los jóvenes de hoy en día. Era delgada, con un culo y unas piernas preciosas de la misma constitución que el resto de su cuerpo. Nunca le vi con escote pero se apreciaban dos generosos bultos bajo la tela, sin llegar a ser grandes pero en absoluto se podía considerar que estuviera plana.

Tras todo el maquillaje que solía llevar se ocultaba un rostro precioso, con unos ojos grandes y expresivos, nariz chata y unos labios carnosos adornados con un piercing en el labio inferior. Por aquella época tenía el pelo oscuro y corto hasta la altura de la barbilla, con mechones de un azul cantón y pintura negra en sus ojos.

Pasé de largo la lamentable escena y llegué a casa para ser recibido por mi mujer, la cual tenía la cena preparada. Tras engullir la deliciosa y elaborada comida nos dirigimos al sofá para ver lo que nos resultara más interesante, que resultó ser un clásico que ya habíamos visto. Cuando finalizó el film nos metimos en la cama para dar por terminado el día pero yo quería una última cosa antes de darlo por finalizado: sexo.

Mi mujer me daba la espalda en posición fetal y yo aproveché para hacer la “cucharita” y manosearle sus pechos, libres de sostén, con una mano.

-Hoy no Antonio, estoy cansada.

-Y mañana te dolerá la cabeza.

-Si vas a volver de nuevo con ese tema, seguro que así será.

Estadísticamente ella accedía 1 de cada 10 veces por lo que yo no cesaba en mi empeño en busca de ese 10% que me daba la vida. Lamentablemente esa noche se impuso el 90% y me tuve que quedar con las ganas.

A la mañana siguiente me volví a topar con un vecino en el rellano para esperar al ascensor y en esta ocasión era Sheila. Sin querer evitarlo admiré su característica vestimenta, de abajo a arriba: unas zapatillas normales, parecidas a la mayoría de pares que llevaban los chicos de su edad, que ponían fin a sus largas, blancas y delgadas piernas. Llevaba, como solía ser habitual, una corta y oscura falda que permitía admirar sus bonitos muslos. En la parte superior lucía una camisa ajustada de color blanco, con botones, tan fina que permitía ver un sujetador oscuro de lo más tentador.

Sin darme tiempo a abrirle la puerta del ascensor, tomó la iniciativa y la abrió para pasar ella primero. Una vez en su interior no pude quitar ojo de esos jóvenes muslos que daban ganas de morder.

-¿Te gusta lo que ves, cerdo?

-¿Cómo dices? -dije atónito elevando mi mirada hacia sus ojos.

-¿Es esto lo que buscas?

Se llevó su mano a su falda y la levantó para mostrarme su interior. Al hacerlo me percaté que no llevaba bragas y gracias a ello me permitió apreciar un joven coño depilado formado por unos pequeños labios pegados el uno al otro.

-Eres un puto baboso de mierda.

Fueron sus últimas palabras antes de abandonar el ascensor. No conseguí articular palabra con la que responderle, me había quedado totalmente paralizado a excepción de mi entrepierna que había crecido para formar un bulto. Tuve que disimular dirigiéndome al buzón para coger el correo mientras esperaba que mi morcillona polla decayera.

De camino al trabajo intentaba pensar en otra cosa pero era una ardua tarea. Ya en el trabajo volvía a mi mente esa imagen de su coño perfecto que complementaba a la perfección toda la parte inferior de su cuerpo, y de nuevo aparecía un inoportuno bulto que trataba de disimular como podía.

El resto del día transcurrió como siempre y la noche, muy a mi pesar, también con el habitual desenlace: Adela rechazando mi proposición de sexo.

A la mañana siguiente se volvió a repetir la misma situación, en el mismo lugar, con los mismos actores: Sheila y yo en el rellano.

-¡Que me olvides! -gritó ella al interior de su piso antes de cerrar de un portazo.

De nuevo reinó el silencio antes de que ella tuviera la iniciativa de acceder al ascensor sin respetar a los mayores. En el interior traté de dar tema de conversación y minimizar los sucesos del día anterior.

-Buenos días Sheila. El otro día estuvo mi hija en casa y te manda recuerdos. -mentí.

-¿Esa pija de mierda? Por mi como si se muere, nos haría un favor a todos.

-Un respeto que es mi hija.

-Olvídame, viejo degenerado.

Al llegar a nuestro destino salió ella primero, para no perder la costumbre, y en esta ocasión me invadía la ira. Me daban ganas de cruzarle la cara, como tenía que haber hecho su padre tiempo atrás, o mejor todavía: darle unos buenos azotes en esos redondos y apetecibles glúteos.

Decidí volver sobre mis pasos y llamé a la puerta de Julián.

-Julián, haz el favor de controlar a tu hija e inculcarle un mínimo de respeto.

-No sé lo que ha hecho pero te pido disculpas, está descontrolada y ya no sé que hacer.

-Deberías ingresarla en un internado, como hicieron conmigo. Ya verías que rápido se le quita la tontería.

-Dale tiempo, estoy seguro que es una etapa más por la que pasan muchos jóvenes a su edad.

Le compadecí y me marché a la fábrica para tener un rutinario día. A mi vuelta la volví a ver sentada en el banco de siempre y me paré para observar lo que estaba haciendo. Ella se percató de mi presencia y me premió con una peineta que me invitaba a seguir mi camino si no quería montar una escena.

Por suerte para mi no la volví a ver en los días consecutivos pero pasada una semana allí estaba ella, esperando al ascensor con una de sus habituales camisas y faldas cortas.

-Buenos días Sheila.

De nuevo un maleducado silencio hasta que llegó el ascensor para recogernos. Una vez dentro del habitáculo el ascensor se paró repentinamente a medio camino hacia nuestro destino.

-Otra vez se ha jodido el puto ascensor de mierda. -se pronunció.

-Es bastante antiguo… A ver si lo cambiamos pronto.

-Todo en este puto edificio es viejo… Que ganas tengo de perderos a todos de vista.

Chillé pidiendo ayuda y golpeé las puertas pero nadie aparecía.

-No te preocupes, pronto aparecerá alguien y llamarán al presidente de la comunidad, que tiene la llave de seguridad para abrir las puertas.

-Cojonudo, atrapada con un viejo que huele a muerto…

-No te pases que mi paciencia tiene un límite, yo no soy como tu padre.

Se deslizó, con su espalda pegada a una de las paredes, hasta sentarse en el suelo con las piernas abiertas y las rodillas flexionadas. Creo que en esta ocasión no lo hizo a propósito y yo aproveché para imitar su acción y ponerme exactamente igual, frente a ella, con tal de tener una privilegiada visión de su entrepierna.

-¿Qué coño estás mirando, viejo verde? -dijo al descubrirme.

-¿Porque no te tapas? ¿Te gusta que todo el mundo te lo vea?

-Ni puta gracia me hace que me lo vean, y nadie me lo ve… Pero con tal de joder a mi padre hago lo que haga falta.

-Pobre hombre, vaya vida le estás dando.

-Olvídame y mira para otra parte… Eres un puto baboso.

-No lo soy.

-¿Entonces porque parece que vas a reventar los pantalones?

-Bueno, de perdidos al río. -dije antes de liberar mi empalmada y gorda polla ante sus ojos.

-Se lo pienso decir a mi padre.

-¿Y a quien crees que va a creer?

-Pssst. Me das asco.

Empecé a masturbarme y ella no se tapaba en ningún momento. De ello deduje que tal vez incluso le gustaba sentirse observada o era una sucia joven que le ponía calentar a viejos como yo.

-Veo que no le quitas el ojo a mi polla.

-No está mal para ser un anciano.

-Si quieres puedes tocarla.

-Estás flipando. Ni en tus mejores sueños.

-¿Hola? -una tercera voz hizo acto de presencia desde el exterior de la cabina.

-Hola, estamos atrapados… ¿Puede llamar al presidente para que nos abra? -dije yo.

-Soy Alfonso, el presidente. Ahora mismo voy a por la llave y os abro.

-Gracias.

Muy a mi pesar tuve que interrumpir la paja y a los pocos minutos las puertas exteriores se abrieron. Estas se encontraban en una zona más alta que el resto de la cabina y el presidente alargó la mano para ayudarnos a escalar hasta la salida. El primero que cogió su mano fue Sheila y gracias a ello me obsequió con una maravillosa vista de su pequeño pero respingón culo. Pude ayudarle empujando sus piernas o pies hacia arriba pero decidí aprovechar la situación para hacerlo desde su precioso trasero. Apreté y empujé sus desnudos glúteos y se sentían blandos y suaves en mis manos. Ella no dijo nada y cuando conseguí salir del ascensor ya había desaparecido.

Volví a mi casa y decidí acabar lo que había empezado antes de dirigirme al trabajo. Me masturbé pensando en su bonita figura, su tierno culo y en su perfecto coño el cual no tuve que imaginar. Me corrí en cuestión de segundos y me apresuré para cumplir mis obligaciones laborales.

Los días pasaron y contrariamente a los días transcurridos hasta el momento, en esta ocasión rezaba para cruzarme con Sheila de nuevo. Mis plegarias fueron escuchadas pero en esta ocasión nos encontramos en el portal, a altas horas de la noche, para realizar el recorrido inverso con el ascensor. Yo venía de tirar la basura y sus ojos me indicaban que venía de fumar porros.

-Que guapa vas hoy. -dije en el interior del ascensor.

-Voy como siempre. -confirmó con su habitual vestimenta compuesta por falda y camisa.

-¿Ah si? Déjame ver.

Llevé mi mano derecha al interior de su falda, por la parte trasera, y confirmé que no llevaba ropa interior tras recorrer su suave culo en toda su extensión.

-Tienes razón, vas como siempre.

-Eres un degenerado.

-No veo que me pares, parece que te gusta.

-Lo que me gusta es joder a mi viejo.

En ese momento pulsé el botón para bloquear el ascensor para ver hasta donde estaba dispuesta a llegar con tal de joder a su padre.

-¿Qué estás haciendo?

-Ayudarte a joder a tu padre para que hagas cosas que el desaprobaría. -dije antes de intentar besarle la boca.

-No flipes, imbécil. -dijo esquivándome el beso.

-¿Y cómo te propones demostrar tu odio?

-A ver, sácate la polla. Le voy a hacer una foto para enseñársela a mi padre.

-Te gusta, ¿eh? Te costará algo…

-Está bien, salgamos de aquí. -dijo acercando su dedo al botón del ascensor con intención de reanudar la subida.

-¡Vale! Vale… Aquí la tienes. Haz la foto de cerca para que no se me reconozca.

Me la saqué y acercó su móvil para hacer la mencionada foto. Después se lo guardó y me la miraba, sin gesticular. Empecé a masturbarme a la espera de alguna acción por su parte.

-Seguro que no has visto ninguna así.

-Cierra la puta boca, no hables. -dijo mirándome a los ojos, llevando su mano a mis huevos para presionarlos con intención de provocarme dolor y sumisión.

Obedecí, no abrí la boca y el fuerte agarre se convirtió en caricias que no tardaron en trasladarse al tronco de mi pene. Comenzó un suave y firme sube y baja que me estaba volviendo loco.

-Aquí juegan dos. -desobedecí el silencio impuesto.

Estábamos frente a frente y llevé mi mano al interior de su falda, en esta ocasión por la zona delantera, y con varios dedos le froté su perfecto coño. Sus ojos no se desviaban de los míos y su mano tampoco lo hacía de mi polla.

Decidí frotar con mas fuerza todo el largo de su raja con uno de mis juguetones dedos y provoqué que sus ojos se cerraran al mismo tiempo que su respiración se intensificaba. Quería besar y probar el piercing central de su labio inferior y cuando se mordió el labio me lo tomé como el pistoletazo de salida para cumplir mi deseo.

Le di un tímido primer beso y ella me correspondió con un apasionado morreo con el que no escondía su juguetona lengua que anunciaba una nueva sorpresa: otro piercing. El odio ya no controlaba sus actos, lo hacia la lujuria y tal vez la sustancia que se había fumado, y prueba de ello era el infinito morreo que me estaba dando y el ágil movimiento que impartía su cadera con el objetivo que su coño disfrutara aún más de mis dedos.

Paré el estímulo que ofrecían estos y llevé cada mano a sus pechos para agarrarle de la camisa y tirar hacia los lados. Le abrí la camisa de par en par y escuché como un par de botones caían al suelo. Llevaba un sujetador compuesto por dos colores: negro en la mitad inferior y color salmón en la superior. Parte de sus tetas estaban ocultas y la otra parte lucían espectaculares en el exterior, con suficiente superficie para lamer, besar y morder.

Al segundo me encontraba disfrutando de sus pechos, o más bien su canalillo por el sujetador puesto, con mi boca, y mi mano volvió a su entrepierna.

-Joder… Espera… -dijo ella.

Me apartó la cara y se subió el sujetador, casi hasta el cuello, con tal de invitarme a succionar esos pequeños y marrones pezones erectos. Acepté la invitación y sus gemidos me obligaron a llevar mi otra mano a su boca con la intención de silenciarla. Esa misma mano fue recibida por su lengua y boca ya que se introdujo uno de mis dedos en su interior. Mi otra mano decidió imitar a la otra y se propuso disfrutar del calor de su cavidad más íntima.

Los fluidos que emanaban de su coñito llamaban a mi dedo a disfrutar de una fiesta privada. Metí mi dedo corazón en su interior y comencé a follármela con él. Mis dedos eran gordos, pero no dejaba de ser un dedo y pese a eso se sentía muy oprimido.

Sheila convulsionaba y conseguía mantenerse en pie gracias a la pared del ascensor tras ella. Su deseo le obligó a empujarme la cabeza hacia abajo y yo acepté arrodillarme de buena gana. Fui descendiendo al mismo tiempo que besaba todo lo que me encontraba: su vientre, su ombligo, la parte inferior de su abdomen… hasta tener un cara a “cara” con su vagina.

Dejó uno de sus pies apoyados en el suelo y elevó su otra pierna para apoyarla por encima de mi hombro, para darme mayor maniobrabilidad. No tuve que hacer nada ya que ella agarró mi cabeza con ambas manos, para inmovilizarla, a la vez en restregaba todo el largo de su raja por mi boca con hábiles movimientos de cadera.

-Ufff… Madre mía… Eso es, mueve la lengua…

Con mi boca y lengua apreciaba la perfección de esa vagina, la mejor que había catado jamás. Tal vez no sentía tanto placer como ella con esa comida pero seguramente se aproximaba mucho. No olvidaba que estaba «aprovechándome» de una jovencita a la que le triplicaba la edad, que incluso era menor que mi hija, y eso solo provocaba que me gustase más. No veía el momento de disfrutar de su coño de múltiples maneras y del resto de su joven cuerpo.

Estaba totalmente volcado en darle placer y lo demostré invitando a su otra pierna, que tenía apoyada en el suelo, a subirla sobre mi hombro para imitar a la otra y de esta forma me abrazara mi cabeza con ambas extremidades.

-Así, así… Cómetelo… Chupa joder… ¡Asííííííí!

Me abrazaba fuerte con sus piernas y provocaba que mi boca no se separara ni un centímetro de su piel. Mi lengua se movía con velocidad y lamía cada uno de los centímetros de su raja, aplicando mayor énfasis en la zona de su clítoris. Convulsionó más que nunca y se corrió en mi cara, dejándomela empapada con más de un chorro que salió disparado desde su sexo. La dejé que se recuperara y al minuto me puse de pie frente a ella.

-Mi turno.

-Ni lo sueñes. -dijo ella mientras ponía sus prendas superiores en su sitio.

-No me vas a dejar así.

-Ya lo creo que si. Si quieres correrte ahí tienes a la vieja de tu mujer. Si no te gusta, puedo desnudarme, chillar y decir que me estabas acosando para que vean lo degenerado que eres.

No me quedó otra que taparme yo también y Sheila tomó la iniciativa de accionar de nuevo el ascensor. Al llegar a nuestra planta le manoseé desesperadamente el culo a modo de despedida, para tener un último recuerdo de todo aquello.

Continuará…