El pacto sexual entre dos machos

Solo restaban dos días faenando en el San Telmo, dos días y regresarían a tierra después de un largo periplo. Los pescadores estaban ansiosos por volver a su hogar. Sesenta y dos días en alta mar sumaban muchas horas lejos de los suyos y aunque en el barco habían llegado a formar una gran familia, todos echaban de menos a la suya de verdad.

Algo más de dos meses ha sido tiempo suficiente para que entre los hombres hayan surgidos enormes nexos de camaradería. Muchas noches compartiendo camarote, habían propiciado que entre algunos de ellos, en un intento de calmar su soledad, se hubieran creado vínculos inconfesables. Relaciones íntimas que la sociedad en la que vivían consideraban deleznables, pero que ellos, hambrientos de cariño, simplemente lo consideraban un mal necesario para que la nostalgia que los reconcomía por dentro no terminara volviéndolos locos.

Pese a que ninguno de los miembros de la tripulación hablaba de lo que sucedía en sus compartimento una vez cerraban el portalón tras ellos, era un secreto a voces. Una actividad furtiva de las que todos, en mayor o menor medida, habían participado alguna vez. Una prueba esclarecedora de la complicidad existente era que la mayoría de los marinos seguían teniendo al mismo compañero de camarote año tras año.

En su mentalidad tan estrecha y tan corta de miras no se consideraban homosexuales. Para ello los maricas eran degenerados afeminados que hablaban y se comportaban como mujeres. Medio hombres a los que alguno de ellos buscaban cuando, después de una noche de juerga, no les quedaba dinero para irse de putas y si querían desahogar sus deseos más oscuros lo debían hacer entre los labios y las piernas de aquellos individuos que vivían al margen de la sociedad.

Ellos, en su fuero interno, se consideraban uno machos cachondos que necesitaban desahogar la calentura que llevaban dentro, aunque fuera de un modo antinatural. Pero como los cantaros y las fuentes, su lujuria transitó tanto tiempo por aquel sendero prohibido que terminó convirtiéndose en algo tan satisfactorio, una verdadera necesidad.

Dos de esos exploradores, eran los jóvenes Roxelio y Anxo. Ambos eran vecinos de Villa de Combarro, el primero era natural de la pequeña aldea marinera, el segundo se había mudado hace pocos años allí. Por lo que para la gente del lugar seguía teniendo el sambenito de forastero, de alguien que venía a disputarle el pan de sus hijos.

Entre ellos se había fraguado una gran amistad. Tan fuerte que, al igual que entre otros muchos compañeros de travesía, su confraternidad les había llevado a internarse en el terreno de lo íntimo. A probar las mieles del placer entre personas del mismo sexo.

Los dos muchachos, a diferencia de la inmensa mayoría de los otros pescadores, al volver al pueblo no les esperaba nadie que les calentara la cama y les hiciera olvidar, en la medida de lo posible, la relación furtiva que habían vivido durante aquellos dos largos meses.

A los dos les aguardaba un camastro vacío y una novia a la que no podrían visitar sin la presencia de la oportuna carabina. Unas chicas con las que únicamente habían intercambiadounas promesas de amor y unos besos furtivos. Nada comparable con la pasión que había ido surgiendo entre los dos.

Aunque en un principio, su ingenuidad les llevó a pensar que eran los únicos que compartían aquel vínculo prohibido en el San Telmo . Les bastó fijarse un poco y leer entre líneas para saber que no era así, que la inmensa mayoría había sucumbido a compartir sus cuerpos. Que la forma en que otros miembros de la tripulación se miraban y se comportaba entre ellos en público, no era tan distinta a la forma que ellos lo hacían en la intimidad.

Roxelio no tenía valor para aventurar cuánta porción de la manzana prohibida habían mordisqueado sus compañeros, si solamente se habían limitado a toqueteos y masturbaciones o, como había ocurrido con ellos, habían pasado a mayores. Concretamente habían sucumbido al pecado del sexo oral.

Anxo, más versado en transitar por la acera de enfrente, tiene la certeza de que al menos dos de sus compañeros Xenaro e Iago el Colgón, dos cuarentones de Cangas, follan como descosidos. Una noche aguardó que se metieran en su camarote y escuchó sigilosamente tras de la puerta.

En el momento que su paciencia se empezó a agotar, consiguió escuchar unos esclarecedores ruidos procedentes del interior. Unos quejidos idénticos a los que emitían su primo y él cuando le dejaba que introdujera su erecta masculinidad en su recto. Una banda sonora que había quedado grabada en su memoria y, su simple evocación, propició que su polla se fuera hinchando de sangre.

Quizás porque su experiencia le había hecho asimilar que el sexo anal no era cosa de iguales, que siempre debía haber un fuerte que dominaba y un débil que sometía. Por lo que no le cuadraba demasiado que tíos como trinquetes como los dos recios pescadores, pudieran follar entre ellos.

Xenaro mediría sobre metro ochenta, ancho de espaldas, con un pecho y un abdomen duro. Unos brazos poderosos, unas manos grandes y peludas. Era todo lo contrario que una florecilla del campo deseosa de que le arrancaran los pétalos. Si a eso se le sumaba su barba cerrada y su cabeza completamente calva, no había nada de angelical en su aspecto, salvo unos ojos verdes y unos labios carnosos que parecían implorar que los besaran.

Si la fisonomía de Xenaro estaba bastante alejada de los estereotipos de la gente que le gustaba sentir un rabo clavado en su recto, la de Iago tampoco le iba a saga. Mediría aproximadamente lo mismo que su compañero de camarote, con una musculatura acorde con el trabajo que realizaba, pero a diferencia de él que lucía un cuerpo bastante esbelto, sin parecer gordo, lucía unos cuantos kilos de más.

Guapo para reventar, pelirrojo, con barba abundante, ojos azules y una encantadora sonrisa natural. Si a eso se le sumaba la descomunal churra que Anxo había visto surgir bajo su rojizo vello púbico en las estancias de la ducha, no era raro que el muchacho viera en el cuerpo del Colgón una de sus fantasías irrealizables.

Por mucho que la cabeza del muchacho se hubiera puesto a funcionar, no podía alcanzar ni de lejos la inmensidad de lo que ocurría en la intimidad de las cuatro paredes de su dormitorio. Aquella noche en especial, la lujuria los había envuelto en una especie de locura y se habían dejado llevar más de lo normal.

A pesar del pacto de silencio y tenerse prohibido dar la más mínima muestra de afecto delante de sus colegas, no eran pocas las veces que se relajaban y bajaban la guardia. Todo había empezado en la ducha, unas miradas indiscretas se cruzaron entre Iago y Xenaro. Breves, pero suficientes para hacer ver al otro que aquella noche, por muy cansado que estuvieran, debían calmar el fuego que los consumía.

Fue cerrar el pestillo de su camarote y los hombres se abalanzaron el uno sobre el otro. Restregando con furia sus peludos pechos, acariciando con sus bastas manos cada resquicios de sus vigorosos cuerpos…Un ritual de apareamiento que no culminaba en un beso, ni con palabras de cariño, sino con sus pelvis frotándose mutuamente.

En la colección de mentiras que se contaban a sí mismos, se decían que sucumbían a aquellas prácticas sexuales porque no tenían una mujer cerca con la que apagar su calentura. Excusas para auto convencerse de que no eran unos degenerados y que no podían ocultar lo mucho que ambos disfrutaban con la verga del otro.

La mano de Xenaro se metió bajo el calzón de Iago y atrapó su miembro viril entre los dedos. No solo estaba duro como una estaca, sino que de su cabeza había empezado a manar un buen chorro de líquido pre seminal. Al contacto de la yema de sus dedos con la pegajosa y caliente sustancia, su polla se movió como un péndulo dentro de su ropa interior.

Con una brusquedad propia de la impaciencia, empujó a su compañero contra la litera inferior y, una vez estuvo sentado, se acomodó entre sus piernas. Con cierto desasosiego, metió su mano bajo la gastada prenda y sacó el nabo al exterior.

Estaba tan ansioso por devorarlo que no perdió ni un segundo en contemplar el grueso y largo tronco. Dominado por el nerviosismo bajó la piel del enorme capullo sin circuncidar y comenzó a devorarlo como si fuera una piruleta.

Le encantaba saborear aquel sable. Sentir bajo sus papilas gustativas su calor, su dureza, su vibrante efervescencia… No obstante, aunque solo se dijera esas cosas a sí mismo en los momentos que la lujuria lo dominaba, lo que mayormente le volvía loco de estar con el pelirrojo era que lo taladrara, que se la metiera hasta los huevos.

Recordaba que la primera vez que accedió a que se la metiera, le dolió un montón, que afrontó aquel suplicio como una especie de intercambio para, en la siguiente ocasión, ser él quien tomara el papel activo de la relación. No obstante, conforme sus esfínteres se fueron adaptando al voluminoso grosor, las nuevas sensaciones que lo invadieron comenzaron a ser tan agradable, que llegó al orgasmo sin apenas tocarse.

Aquella noche, por el pacto de quid pro quo que habían establecido, al que le tocaba disfrutar del culo del otro era a él. Para compensarlo, además de porque le encantaba, le estaba metiendo una soberana mamada. Por lo que daban a entender en las cortas conversaciones que tenían sobre sus momentos íntimos, se suponía que ninguno de los dos disfrutaba con ser enculado por el otro. Otra gran falta de sinceridad, que nublaba la gran amistad que se procesaban.

Iago estaba acostumbrado a que tantos las mujeres, como los maricas se mostraran fervorosos con su miembro viril. Por lo visto era algo que le venía de familia, su abuelo era el Colgón, sus tíos y su padre eran Colgones. Un mote que se pasaba de generación en generación, del que no se libraron ni sus hermanos, ni sus primos. «¡Como el carajo de los Colgones!», decían sus vecinos para referirse a algo enorme.

Esa fama le había valido que, más de una mujer de moral descuidada y algún que otro marica, se hubieran acercado a él con la única intención de comprobar cuanto había de verdad y cuanto de leyenda sobre el tamaño de las vergüenzas de aquel guapo pelirrojo. Ninguno quedó insatisfecho con lo que encontró, con lo que el boca a boca siguió funcionando entre los habitantes de la comarca.

Se podía decir que estaba orgulloso de la herencia familiar y le encantaba ver a sus ocasionales amantes disfrutar de él. Aun así, no se terminaba de acostumbrar a la pasión con la que Xenaro se tragaba su cipote, tanto por la boca, como por el culo. Algo que, en la misma medida, le ocurría a él. Le fascinaba chupar su nabo y, cuando en noches como aquella le tocaba el rol de pasivo, echaba de menos su cilindro sexual internándose en sus esfínteres.

Para el pensamiento moderno, se podía decir que los dos hombres eran versátiles. En cambio, en su mente dominada por los prejuicios sociales y la represión religiosa, aquella forma de sentir era una tentación que el diablo ponía en su camino. Una perversión que abandonarían en cuanto llegaran a tierra firme y contaran con el apoyo moral de su familia.

Era mucho más fácil que admitir la intromisión de un ser maligno controlando sus voluntades que la cruda realidad. La de que el sexo con hombres, en todas sus variedades les gustaba más que comer con los dedos.

En el momento que Xenaro se tragaba su verga de manera más efusiva, un gesto por parte de su compañero, lo llevo a detenerse:

—¡Para, para, meu amigo, si sigues así suelto todo leite!— Le dijo atrapando su calva mollera entre las palmas de la mano, para impedir que le siguiera devorando su miembro viril.

Como si las palabras de su amante fueran ley, el fornido marinero apartó sus labios del vibrante dolmen y abandonó la postura en la que estaba.

Al ponerse de píe, la protuberancia que se marcaba bajo su calzón quedo casi al alcance de la boca del pelirrojo que estuvo tentado de devolverle todo el placer que le había regalado. No obstante, el extraño pacto entre ellos establecía que quien ponía el culo no mamaba y, como no quería faltar a su palabra, se limitó a reprimir sus deseos.

El calvo se bajó el calzón y dejó su erecta churra al aire. No era tan enorme como su “herencia familiar”, pero tampoco se pudiera decir que fuera pequeña. Él consideraba que tenía el tamaño ideal, disfrutaba tremendamente de ella cuando sus labios la envolvían o cuando entraba a explorar sus entrañas. Sin apartar la mirada de su fornido amante, atrapó los morenos huevos con una mano, como si calibrara su peso y dijo:

—¡Vamos al lío pues!

Tras desnudarse por completo, se colocó de rodillas sobre la cama y, tras ensalivarse contundentemente el ojete, invitó con un gesto a su compañero para que procediera a penetrarlo.

A Xenaro le gustaba acariciar el culo de Iago, estaba duro y firme, cubierto con un vello rojizo muy corto que se asemejaba a una pelusilla. Tan suave al tacto que conseguía que se excitará aún más. Mientras jugueteaba a dilatar el ensalivado orificio, se echó un escupitajo en la punta del cipote y lo extendió a todo lo largo para que hiciera las veces de lubricante.

Tanteó de nuevo el terreno con un dedo, al comprobar que este entraba sin mucha dificultad, aproximó su verga a la entrada de su recto y empujó suavemente. Iago al sentir la fuerte estocada, apretó fuertemente los dientes y clavó los dedos en las sabanas, en un intento inútil de atenuar la punzada que le subía por la espalda. Sabía por experiencia que una vez sus entrañas hicieran la horma del cuerpo extraño que lo invadía, el dolor desaparecería y se convertiría en placer. Algo que, con la práctica, cada vez sucedía con más rapidez.

Xenaro, una vez tuvo claro que no iba a lastimar a su amante, posó sus manos sobre la cintura del pelirrojo y comenzó a cabalgarlo estrepitosamente. En un primer momento, su nabo no entraba del todo en el estrecho orificio, pero poco a poco fue introduciéndose en su totalidad. El sonido de sus huevos chocando contra el perineo de su camarada, dejó claro que no quedaba ninguna porción de su virilidad fuera.

El calvo estuvo tentado de coger el erecto cipote del Colgón y hacerle un pajote para que gozara en la misma medida que él, pero a pesar de las muchas confidencias y momentos íntimos que compartían, todavía le daba vergüenza que pudiera pensar que era un desviado. Que aquello no lo hacía solo por la falta de mujeres, sino porque le gustaba una barbaridad.

Clavó los dedos en su cintura, como si quisiera reflejar en aquel gesto la rabia que le daba no poderse mostrar tal como era ante el hombre con el que tantos momentos maravillosos estaba compartiendo y aceleró la potencia del ritmo de sus caderas.

Poseído por la lujuria, acercó su boca a la oreja de su amante y sin poderse controlar, le mordió suavemente el lóbulo. Como si aquel inusual gesto en su relación fuera el ingrediente que necesitara para terminar corriéndose como descosido. Volvió a imprimir más fuerza a su pelvis y solamente le bastaron unos cuantos empellones más para alcanzar el orgasmo.

Un quejido sordo por parte de Iago le dejó claro que había llegado al mismo tiempo a la meta. Lo que ignoraba es que, al igual que le pasaba a él, no había precisado tocarse.

Dentro de dos viernes publicaré “Al empollón le molan los rabos” será en la categoría gay. ¡No me falten!

Estimado lector, espero que te haya gustado este texto en el que, como habitualmente es mi intención, pruebo a salirme un poco de las pautas y clichés habituales de la página. Si quieres continuar leyendo historias mías, puedes pinchar en mi perfil donde encontrarás algunas más que te pueden gustar, la gran mayoría de temática gay. Espero que mis relatos sirvan para entretenerte y animar tu libido. Mi intención siempre es contar una buena historia, si de camino puedo calentar al personal y hacer que empatice con los personajes,, mejor que mejor.

Un abrazo a todos los que me seguís.