El padre de mi amiga

Nunca había contado esta historia a nadie y nunca pensé que llegara a hacerlo. No porque me avergüence o me haya arrepentido una sola vez en la vida. Las cosas pasan como pasan. Simplemente por ser algo mío, algo que he guardado para mí a lo largo de los años y que ahora, sin ningún motivo especial, siento necesidad de contar.

Mi nombre es Valentina. Soy del sur de España y creo que podríamos decir que soy una chica normal. Morena, ojos negros, melena oscura y poco más de 160 centímetros de altura. Soy guapa, lo sé. Aunque suene mal decirlo. Siempre me he preocupado mucho por mi aspecto y creo que tener una madre que trabajó varios años de modelo fotográfica ayudo mucho a mi configuración genética. He sido consciente del efecto que causo en los hombres desde siempre, pero eso nunca me ha hecho sentirme especial de ninguna manera. Desde hace años he notado cómo las miradas de hombres mucho mayores que yo se han posado en mi. Me ha turbado en ocasiones. Me ha gustado en otras. Me ha producido la mayor de las indiferencias en la mayoría de los casos. Con la edad, sin duda, aprendí a beneficiarme de ese poder que tenemos casi todas, y no me avergüenzo tampoco de reconocerlo.

Mi confesión en estas líneas me lleva a recordar los días de verano que pasé con la familia de la que hasta entonces era mi mejor amiga. Simplemente voy a llamarla Ali, pues no quiero que por cualquier casualidad del destino esta historia llegara a desvelar demasiados detalles reconocibles que pudieran a afectar a terceras personas. Ali era mi compañera de mesa en el Instituto, y habíamos coincidido en los tres primeros cursos de educación secundaria. Habíamos entablado una gran amistad en aquella entrada en la adolescencia en las que una amiga parece un tesoro sin el que pudiéramos subsistir un solo minuto… pero que por lo general terminamos dejando atrás en nuestra vida por las cuestiones más estupidas. Nos lo confiábamos todo y hubiéramos hecho cualquier cosa la una por la otra. Las dos conocíamos los sueños de la otra, lo que por entonces pensábamos que era o debería ser la vida. Nos juramos estar juntas para siempre, y planeamos ser vecinas después de habernos casado con dos guapísimos chicos que trabajarían en moda —mi marido— y cine —el de Ali—. No volvimos a hablar después de aquel verano que supuso, al menos para mí, mi entrada en la edad adulta de la forma menos esperada.

Los padres de Ali, Nuria y David, propietarios de una agencia de comunicación de cierto renombre, pasaban las vacaciones en un chalet que alquilaban en la costa levantina. 9 horas de viaje que nos separaban a mi amiga y a mí durante tres eternos meses. Era muy deprimente saber que los mejores días del año ibas a pasarlos alejada de tu persona favorita, y recuerdo haber gritado de alegría el día que la madre de Ali comentó con mi madre que quizá me gustaría ir a pasar con ellos alguna semana en agosto.

No voy a entrar en detalles de cómo lo pasamos aquellos días, más que nada porque mi mente ha ido eliminando la mayoría de recuerdos. Sí recuerdo con perfecta nitidez el día que Ali y yo discutimos. Habíamos entablado amistad con un grupo de chicos que vivían en un chalet similar al que ocupábamos nosotros. Creo recordar que eran primos entre sí, y pasábamos el día de la playa a la piscina, un día en casa de Ali y otro en el de aquellos chicos. Por la tarde acudíamos al pueblo más cercano a tomar un helado y si había suerte y sus padres nos dejaban, nos quedábamos hasta la noche paseando o haciendo cualquier otra cosa.

La versión corta de la historia, es que Ali estaba perdidamente enamorada de uno de aquellos chicos, cuyo nombre juro que soy incapaz de recordar. Cada noche me dormía escuchando a mi amiga, en la cama de al lado, hablando de lo guapo que era, de si yo creía que ella también le gustaba, de si debería besarle… Todo muy rosa romántico de adolescente de nuestra edad, que a mí la verdad empezaba a resultarme un poco empalagoso.

La madre de Ali tenía que volver a casa una semana antes que el resto de la familia por temas laborales y recuerdo que aquel día estábamos ayudándola a cargar el coche. Ella nos daba instrucciones sobre qué cosas era importante hacer en los siguientes días que estaríamos allí con su marido. Y nosotras no le prestábamos demasiada atención.

—Ali ¿quieres hacerme caso, por favor? —decía con desesperación ante nuestra falta de interés—. Es importante. Necesito que tengáis claro las cosas que quiero que llevéis de vuelta a casa con papá y yo no puedo llevarme ahora.

—Que sí mamá, que ya me lo has dicho.

—No te preocupes, que aunque Ali sea tonta yo sí me he enterado.

—¡Eso espero! Que parece que solo tengáis oídos para los chicos esos con los que salís este año. Que por cierto, Valentina, me parece que tú y X —mierda, ¿cómo narices se llamaba aquel chico— hacéis una pareja preciosa.

Aquella tontería desató la tempestad. X, por supuesto, era el chico al que mi dulce Ali amaba con locura, la razón de su existencia. Y su madre prácticamente me lo había adjudicado. Ali cambió la cara en ese momento y no volvió a dirigirme la palabra hasta bien entrada la tarde. Y la verdad es que no fue nada agradable cuando lo hizo. Me acusó de tratar de engañarla, de haber querido robarle al dichoso chico desde el primer momento y dijo estar convencida de que me había enrollado con él no sé qué día que los dos habíamos estado muy raros. Yo flipaba absolutamente. No quiso escuchar nada de lo que yo trataba de decirle, y terminó la conversación con un portazo, no sin antes anunciarme que quería que me fuera al día siguiente. De habérmelo dicho un par de horas antes, al menos hubiera podido irme con su madre y no verme obligada a hacerme la ruta Quetzal en bus hasta mi casa.

Cuando uno es joven, hay pocas cosas peores que sentirse herido en el orgullo y yo me sentía así. Decidí que si eso era lo que Ali quería, así sería. Hice la maleta delante de ella sin que moviera un músculo para impedirlo. Las dos estábamos decididas y así iba a ser. Por la mañana pediría a su padre que me acercara a la estación de autobuses y desde allí, volvería a casa.

—Pues bien.

—¡Pues muy bien!

—Pues puedes irte a la mierda.

—Pues…

La situación, la verdad, no era lo que cabría esperar de la última noche de las vacaciones. Mi mejor amiga enfadada con el mundo, encerrada en su habitación. Y yo en la piscina de aquel chalet haciendo tiempo, más por no tener que enfrentarme de nuevo a la misma discusión de todo el día que por ganas reales de estar allí. Apoyada con los codos en el bordillo de la piscina, estuve más de diez minutos dejando flotar mis piernas, sin pensar en nada. No me apetecía nada tener que viajar hasta Madrid en Bus y luego enlazar con otro trayecto de más de seis horas hasta mi casa. No, eso no se lo iba a perdonar a Ali.

—No sabía que estuvieras bañándote. ¿Te molesta si me uno? —. El padre de Ali casi me provoca un infarto ya que no me había percatado de su presencia hasta tenerlo a pocos metros de donde yo estaba. Di un respingo y solté mis manos, que me tenían sujeta al bordillo, lo que me hizo hundirme un instante y tragar más agua de la estrictamente necesaria. — ¡Oh, discúlpame! Te he asustado.

—No, tranquilo. Es que no te esperaba. Bueno, digo que no esperaba que viniera nadie—, logré articular haciendo el mayor de los esfuerzos por no toser y recuperar el aliento.

—Chiquilla que te vas a ahogar.

—No, no… Estoy bien, de verdad.

— Siento mucho que tengas que irte—, comentó cuando por fin recuperé la compostura—. Ali me ha dicho que no pregunte, que es un tema personal tuyo y qué prefieres irte ya…

—Sí… Es algo personal —. En concreto, la gilipollas de tu hija que es tonta, no añadí.

—Es una pena. Siempre me ha gustado pasar tiempo contigo y ahora podía haberlo hecho. Mala suerte la mía.

El comentario me dejó un poco descolocada, hasta el punto que creo que me ruboricé. «Jódete, imbecil. Tu padre querría que me quedara para pasar tiempo conmigo». Pero… tiempo ¿para qué? Me alegré de que la penumbra que envolvía aquella noche sin luna a la piscina impidiera que mis mejillas sonrosadas me hicieran pasar por una luciérnaga. Aquel hombre me producía gran respeto. Era una persona seria, pero que sabía hacernos reír. Le conocía desde que, tres años atrás, Ali me había invitado a pasar un fin de semana en su casa junto a otras amigas para celebrar su cumpleaños. Era una persona educada y muy divertida cuando se dedicaba a gastarnos alguna broma. Calculo que por aquel entonces tendría 45 o 46 años. Físicamente, era alto –al menos 1,90–, moreno y destacaban en él sobre todo su barba cana, en la zona de la barbilla y unos profundos ojos azules. Tenía los hombros anchos, fuertes brazos –al menos a mi me lo parecían– y aunque su cuerpo no podía competir ya con el de muchos de mis amigos, tenía un algo que le hacía muy interesante. No le presté mayor atención cuando le oí entrar en el agua al otro lado de la piscina, y simplemente volví a mi relajada postura, con los codos apoyados en el bordillo mientras mi mente volvía a perderse en pensamientos dispersos y recuerdos aleatorios.

David —ese nombre sí que permanecerá en mi recuerdo por siempre— nadaba haciendo largos en silencio, tocando la pared a un par de metros de donde yo estaba cada vez que terminaba una vuelta. Me sorprendí agradeciendo que no llevara las gafas puestas, pues me aterraba que pudiera estar mirándome bajo el agua. Siempre he tenido las caderas anchas, y pese a que con los años he descubierto que mi culo es lo más destacado de mi anatomía, por aquel entonces no me gustaba nada. Me costó mucho asumir los cambios que mi cuerpo experimentó por aquella época, y que el padre de mi amiga pudiera estar mirándome el culo con disimulo en aquella piscina era algo que me ponía nerviosa. Casi de inmediato me percaté de que aquello era una tontería. Con tan poca luz, el agua era poco menos que un oscuro lago a mi alrededor. Imposible ver nada más allá de unos pocos centímetros. «Y en cualquier caso», pensé, «no es algo que no haya hecho yo con él antes».

Fue un pensamiento que me vino a la cabeza sin mayor premeditación, pero de inmediato me di cuenta de que era cierto. Yo le había mirado a él en alguna ocasión sin que se diera cuenta, planteándome incluso la idea de cómo sería que un hombre maduro como él me adentrará en el, por entonces, tan desconocido como atrayente mundo del sexo. Y entonces lo recordé. Recordé una de esas noches de meses atrás sola en mi habitación, y me vi a mí misma deslizando mi mano dentro del pijama, entre mis piernas, en una de aquellas torpes primeras masturbaciones en silencio que empezaba a descubrir por entonces. Recordé estar soñando que me besaba con Héctor, un compañero de instituto que me gustaba hacía tiempo, y despertar en plena madrugada notando la humedad entre mis piernas. Y sentir como la excitación crecía poco a poco, a medida que mis dedos viajaban arriba y abajo de mi coñito, separando mis labios y sin atreverme siquiera a penetrarme por temor a lo desconocido. Recordé cómo mi agitada respiración se transformaba en levísimos gemidos cuando las yemas de mis dedos rozaban levemente mi clitoris. Y recordé como él se había cruzado en mi pensamiento en el instante mismo que un intenso orgasmo explotaba en mi cuerpo mientras mordía la almohada para no gritar. Sí, había pensado en David. Había pensado que era él quien movía sus dedos ágilmente en mi coñito y recordé alcanzar el clímax en el momento justo de imaginar cómo sentía en mis manos su polla totalmente erecta.

Sí. Recordé haberme masturbado pensando en el padre de mi amiga. Un hombre que ahora mismo nadaba en silencio a escasos metros de distancia de donde yo descansaba distraídamente apoyada en el bordillo de la piscina.

Siempre he recordado los siguientes minutos de esa noche como una sucesión de errores que, juntos, significaron el mejor acierto que recuerdo de aquel verano. Mi primer error fue excitarme. El vívido recuerdo de aquel orgasmo imaginando el miembro erecto del padre de mi amiga en mi mano fue suficiente para sentir como una tormenta de sensaciones se desataba en mi cuerpo. Los pelos de mi nuca, mi melena estaba recogida en un estudiado moño, se erizaron con un escalofrío. Mis pezones, mojados y húmedos bajo el bañador, empezaron a endurecerse provocándome una sensación deliciosa. Y el roce de mis piernas, a casi medio metro del fondo de la piscina, provocó un relámpago que dio paso a una humedad que no provocaba el agua precisamente.

Mi segundo error fue desearlo. Desear que aquel hombre que tanto respeto me infundía efectivamente me pidiera —no… ¡me obligara!— a tomar su miembro entre mis manos y a masturbarle como torpemente había hecho en alguna ocasión con Marcos, aquel vecino con el que compartí mis primeros escarceos sexuales en el trastero de sus padres.

Mi tercer y definitivo error fue no reaccionar a tiempo. Tardar exactamente cuatro segundos en comprender que aquello que acababa de posarse en mi culo era la mano, grande y poderosa, del padre de mi amiga. No fue un tacto tímido. Tampoco fue agresivo. Era el tacto de una mano que se sentía con derecho a tomar lo que era suyo. Cuatro segundos en los que el mundo se detuvo para mí y en los que asumí sin ninguna duda que aquel hombre iba a hacer conmigo todo lo que quisiera.

—Eres preciosa, Valentina. Lo sabes ¿verdad? —, susurró a mi espalda al tiempo que su otra mano se posaba en mi cadera. —Eres preciosa y hace tiempo que me muero por follarte.

No recuerdo haber sentido nunca una excitacion ni siquiera parecida a la que aquellas palabras provocaron en mi. Y él lo notó. Notó mi gemido ahogado, mezcla de temor y deseo. Notó mi cuerpo tensándose en aquella caricia que amasaba mi nalga derecha ya sin ningún rubor. Notó que me dejaba hacer, que deseaba que aquella mano siguiera haciendo exactamente eso el tiempo que hiciera falta. Y eso hizo.

No me giré. No moví un solo músculo de mi cuerpo. No protesté ni traté de huir. Simplemente volví a cerrar los ojos en el momento que aquel hombre pegó por fin su cuerpo al mío. Sentí sus manos en mis caderas, una vez mi culo fue liberado. Sentí mis pies llegar poco más abajo de sus rodillas, pues era bastante más alto que yo. Pero lo que me hizo perder la noción de la realidad fue sentir, justo entre mis nalgas, la dureza de una polla que aún hoy recuerdo como si siguiera ahí.

—¿Sabes qué va a pasar ahora mismo? —, preguntó susurrando en mi oído izquierdo, apretándose todavía más contra mi espalda.

—No —, acerté a balbucear.

—Voy a bajarte el bañador y voy a acariciarte las tetas. ¿De acuerdo?

No pedía permiso. No había ni un matiz de duda en su susurro. Simplemente me informaba de que en ese instante yo era suya y haría conmigo lo que deseara. Poco más podría haber hecho yo que susurrar a mi vez un «sí…», mezcla de inocencia y sumisión que él ni siquiera necesitaba. Pero lo hice.

—Sí —, casi gemí, al tiempo que mis brazos abandonaban el bordillo de la piscina y caían sin fuerza a mis costados.

Sentí sus manos recorrer mis brazos en camino ascendente hasta mis hombros, donde encontraron la ridícula resistencia de las tirantas de mi bañador. No fue violento. Simplemente las agarró y tiró de ellas hacia abajo, haciéndolas pasar junto a mis manos y dejando el bañador abandonado a la altura de mi cintura. Mis pechos quedaron libres, flotando en el agua tibia, solo el tiempo transcurrido en el instante que tardó en llevar sus manos a ellos.

—Tienes unas tetas increíbles, Valentina. He querido probarlas desde el primer día que te vi —, volvió a susurrar al tiempo que comenzaba a amasarlas en sus ágiles manos. No pude más que levantar mi cabeza y dejarla caer hacia atrás, junto a la suya, lo que le concedió una oportunidad perfecta para empezar a besar mi cuello. Ahí ya estaba perdida.

Sus manos sopesaban, simétricamente, el contorno de mis juveniles pechos. Los apretaban y jugaban con ellos y sus labios recorrían mi cuello dando paso a su lengua que marcaba el camino hasta mi hombro y regresaba lentamente. Yo era incapaz de decidir si el placer que estaba recibiendo, hasta ese momento desconocido, procedía de esa lengua, de esas manos en mis tetas, o de esa dureza que amenazaba con abrirse paso entre mis nalgas. Y más aún dudé, cuando los dedos de ambas manos encontraron mis pezones, ya duros como diamantes, y empezaron a pellizcarlos.

Mi respiración ya eran jadeos incontrolables. Mi cuerpo dejo de obedecerme y noté sorprendida como empecé a mover mi culo suavemente sobre aquel tormento que tenía rozando mis nalgas. Entonces se detuvo. Sus manos abandonaron mis tetas que, desoladas, volvieron a su lugar y forma habituales. Pensé por un segundo que se había acabado todo, que David se había arrepentido de lo que había iniciado pese a mi consentimiento, que era el momento de fingir que nada había ocurrido. Pero no fue así. Sus manos simplemente terminaron la nueva tarea que se les había encomendado, fuera cual fuera, y volvieron a ocupar el sitio, en mis tetas, que en ese momento hubiera deseado no abandonarán nunca.

Me llevó solo un instante entender qué había pasado. Sin ningún género de duda, en mis nalgas, y solo separados por la tela de mi bañador, note por fin esa polla que tanto deseaba en ese momento. David había bajado su bañador hasta las rodillas y ahora estaba simplemente ajustando su posición para colocar su polla entre mis piernas.

Me asusté. Y un movimiento reflejo me obligó a cerrar las piernas, lo que paradójicamente fue una tortura mayor de la que ya estaba siendo sometida. Su polla quedó atrapada, todo lo larga que era, en paralelo a mi coñito, sin dejar de tocar un solo centímetro de esa parte de mi anatomía.

—Tranquila. No voy a follarte.

No sé si esas palabras me tranquilizaron o me hundieron en la desilusión más absoluta, pero no me dio tiempo a decidirlo pues él empezó un movimiento de mete y saca de su polla entre mis piernas que me volvió loca. Fue demasiado para mí joven coñito. Me corrí en el instante en que la punta de su miembro, que yo solo intuía, rozó por primera vez mi palpitante clitoris.

Cuando recobré la noción de donde estaba, con el eco de mis jadeos aún en mis oídos, David estaba abrazándome, manteniendo mi cuerpo a flote.

—Shhhhhh… Tranquila… Relájate —, susurraba en mi oreja sabedor de lo que acababa de sucederme—. Quiero que hagas una cosa… Sal del agua con cuidado, sécate y reúnete conmigo en el cuarto.

«El cuarto» era el nombre que la familia daba al habitáculo que habían hecho construir junto a la piscina, y que hacía las veces de improvisado vestuario y ducha para después del baño. Era un espacio de menos de 2 metros cuadrados, con un lavabo, un wc y una pequeña ducha sin mampara. Ni siquiera tenía instalación eléctrica, ya que rara vez era utilizado en horas en las que la luz del sol no entrará por la pequeña claraboya ubicada en el tejado de la minúscula construcción.

Agarrada de nuevo al bordillo de la piscina, mis ojos se mantuvieron cerrados en el período de tiempo que transcurrió entre notar que nuestros cuerpos, que hasta ese instante parecían indisolubles el uno del otro, se separaban, David salía del agua y el sonido de la puerta metálica del «cuarto» se cerraba. Apenas medio minuto en el que pasó por mi mente la posibilidad de huir, refugiarme en mi habitación y olvidar que aquello acababa de ocurrir: que el padre de mi mejor amiga acababa de provocarme el mejor orgasmo de mi hasta entonces corta experiencia rozando simplemente su durísimo miembro contra mi nunca profanado sexo.

Sabía lo que venía a continuación. Mis experiencias con Marcos me habían enseñado que, tras disfrutar él de un rato de magreo atolondrado de mis tetas —nunca llegó a pasar de ahí—, después llegaba mi turno. Sentados en aquel sofá viejo, olvidado desde hacía incontables años en el trastero, por no encontrar nadie mejor forma de prolongar su vida útil, Marcos bajaba sus pantalones hasta los tobillos y yo misma retiraba sus bóxers de marca para dejar libre lo que yo tanto deseaba. Reconozco que no sentía nada especial cuando me acariciaba. Era agradable, sí… Pero nada más. Lo que yo esperaba impaciente era el momento en que él cerraba los ojos, se echaba hacia atrás sobre aquellos cojines desgastados, y yo podía sentir su polla en mi mano. Me encantó desde el primer momento su tacto. Era mucho más agradable de lo que, entre risas, aventurábamos Ali y yo cuando hablábamos de cómo sería estar con un chico. Me gustaba porque él no abría los ojos en ningún momento y yo no me sentía observada. Simplemente agarraba aquella polla con deseo y empezaba a acariciarla arriba y abajo hasta que notaba, quizá uno o dos minutos después, que Marcos empezaba a estremecerse. Entonces aceleraba el ritmo y él explotaba en mi mano. Su semen resbalaba desde la cima de aquella polla hacia mis dedos, soltando dos o tres tímidos chorros calientes que precedían al típico «vámonos antes de que venga alguien» que pronunciaba, subiéndose los a talones a toda prisa, instantes después.

Así que, probablemente, era eso lo que tocaba. Era mi turno. El padre de mi amiga me esperaba, a oscuras, en ese cuarto y yo apenas era capaz de dejar de temblar mientras con la toalla secaba torpemente mis piernas y brazos. Me había susurrado minutos antes al oído que no iba a follarme. Y sin lugar a dudas, un hombre como él no estaba interesado en una torpe paja que sí hubiera hecho feliz a un pueril adolescente. Supongo que ese pensamiento hubiera puesto en fuga a cualquier chica tan inexperta como yo en esa misma situación. A mí me hizo casi salir corriendo hacia ese cuarto con el corazón disparado y mi cuerpo listo para someterse a aquella tortura de placer a la que al parecer había sido condenada.

Al cerrar la puerta tras de mí —aún me quedó cordura suficiente como para echar el pestillo, nunca se sabe…— la oscuridad más absoluta me hizo temer que en realidad estaba sola en aquella habitación. Entonces sentí varias cosas casi de manera simultánea: unas manos que acariciaron mis brazos en cuanto me di la vuelta, que me confirmaron que frente a mí estaba el padre de Ali esperándome en silencio; un tejido mojado bajo mi pie derecho, que me dejó muy claro que David se había deshecho del bañador y estaba completamente desnudo a escasos centímetros de mi cuerpo; y un deseo irrefrenable de sentir por fin aquel cuerpo envolviendo el mío. Esta vez no esperé a que él lo hiciera. Mis manos subieron hasta las tirantas de mi bañador y tirando de ellas lo dejaron caer, primero hasta mi cintura y luego, enrollándose sobre sí mismo a medida que lo empujaba por mis piernas, hasta el suelo. Entonces fui consciente de estar desnuda, entregada, por primera vez en toda mi vida ante otra persona. Ante el padre de mi mejor amiga.

En ese momento, me besó por primera vez. No hubo abrazo ni nuestros cuerpos llegaron a rozarse más de lo absolutamente imprescindible. Levantó con sus manos mi barbilla y sentí sus labios tomando posesión de los míos. Y después su lengua… Su lengua jugando en la mía de forma hábil, nada que ver con mis fantasías de ser besada por Herctor o los torpes intentos de Marcos… Un beso largo, húmedo, delicioso, que solo interrumpió para susurrar en la mayor de las penumbras y sin poder verme pese a los escasos centímetros que nos separaban:v

—Valentina… Sabes a qué has venido, ¿verdad?

—Sí —,respondí en un susurro casi imperceptible.

—¿A qué? Dímelo…

—He venido… a… a…—, suspiré y reuní todo el valor que aún me quedaba para casi gemir…— He venido a comerte la polla.

Ese fue el momento exacto en el que decidí tomar el control de la situación. Fui yo la que dio un pequeño paso adelante para obligar a nuestros cuerpos a encontrarse. Sentir mis pechos rozando su cuerpo, aplastándose contra él… Mis manos entrelazándose con las suyas, fuertes y grandes… Y por fin, su polla. Su polla totalmente erecta, aprisionada entre mi vientre y el suyo. Su polla ardiente, suave, por la que había empezado a sentir un deseo irrefrenable que jamás había sentido por nada: quería —¡necesitaba!— aquella polla dentro de mi boca.

Abandonando sus labios, los míos comenzaron un viaje fascinante a medida que me iba arrodillando frente a él. Besé su cuello, su pecho… Bajé por su vientre… Y en ese instante fui consciente del roce de su palpitante polla entre mis tetas. No la veía pero estaba allí, la sentía, y era muchísimo mejor de lo que la había imaginado aquella madrugada de placer en mi cama meses atrás. Me separé unos centímetros de él justo cuando mis rodillas llegaban al suelo. Y fue entonces cuando por fin, a tientas pero seguras de a dónde dirigirse, mis manos encontraron aquella polla que en ese momento era el único futuro que me importaba.

Desde luego, nada tenía que ver aquella polla con la única que había disfrutado hasta ese momento, la de Marcos. Era bastante más grande, pero sobre todo más gruesa que la de mi vecino. Aún en aquella completa oscuridad eran perfectamente reconocibles unas gruesas venas que la recorrían de su base hasta lo que intuí como el precioso capullo que la coronaba. Recta y dura como una barra de hierro, fui reconociéndola con mis manos antes de empezar a masturbarle. Y fue en el segundo paseo cuando descubrí fascinada algo que no esperaba fuera a gustarme hasta ese momento: dos monumentales huevos del tamaño de nueces que bailaban chocando entre ellos mientras mis manos, cada vez menos tímidas, los asían y apretaban con devoción. Tan fascinaba estaba conteniéndolos con mis dedos que tardé en reconocer que lo que en ese momento chocaba con mi mejilla izquierda era aquella polla que había hecho que me corriera minutos atrás con solo rozarme.

Empecé con un delicado beso sobre la punta de su capullo. Sin apartar mis manos de aquellos dos nuevos amigos, fui bajando a lo largo que aquel tronco llenándolo de besos hasta llegar a su vello púbico. El camino de regreso lo emprendió mi lengua por toda la parte baja de aquella verga, hasta llegar de nuevo a aquella cabeza que saboreé con deleite. Era un sabor salado, que no logré comparar con nada similar que hubiera probado hasta entonces. Delicioso. Abrí los labios y poco a poco llevé aquel glande al interior de mi boca.

Creo que enseguida aprendí cómo mantener aquel trozo duro de carne entrando y saliendo de mi boca mientras mi lengua lo dejaba bien lubricado. Mis manos seguían apretando aquel par de huevos y mi cuello empezó a ordenar un movimiento regular adelante y atrás que iba introduciendo aquella dura polla todo lo que podía. Quería sentirla entera dentro de mi… Que mi nariz llegara a rozar su vello púbico… pero me fue materialmente imposible. No era una polla de dimensiones extraordinarias, no voy a mentir. A lo largo de los años las he disfrutado más grandes, aunque ninguna tan gruesa. Pero mi nula experiencia en ese momento no me permitió ir mucho más allá de tragar la mitad de aquel miembro.

Con el paso de los minutos, aprendí lo excitante que es escuchar los gemidos de un hombre que susurra tu nombre perdido de placer mientras su polla busca todos los rincones del interior de tu boca.

—Ooohhhh… Valentina… Mi amor… Como me gusta lo que estás haciendo…v

Aprendí también a intercambiar la posición de mis manos y mi boca… A masturbar a buen ritmo aquella polla mientras mis labios hacían lo imposible por hacerse con uno de aquellos huevos para chuparlo suavemente. Aprendí lo excitante que resultan unas manos que deshacen el moño de tu pelo y juegan con él marcándote el ritmo con el que desean follarte la boca. Porque, sí: en ese momento aprendí cómo deben follarme la boca para excitarme hasta el límite.

Mientras su pelvis se movía frenéticamente hacia atrás y hacia delante, sus jadeos se transformaron casi en gritos ahogados. No podía verle, pero lo intuía con los ojos cerrados, apretados por el esfuerzo y deseo de que aquella mamada que le estaba haciendo la amiga de su hija durara eternamente. Todo su cuerpo se tensionó, y le escuché gemir mi nombre una vez más…

—Valentina… Valentina… Oh, joder… Valentina…

El primer chorro de semen fue a morir en mi paladar. Lo noté caliente, espeso, salado… Delicioso. El siguiente estalló en mi lengua y mis labios en el instante que él mismo sacó su miembro de mi boca, masturbándose frenéticamente. Los dos siguientes, mucho más abundantes, llenaron mi cara desde la barbilla a la frente, mientras sus jadeos se transformaban definitivamente en bufidos de placer. Los tres últimos fueron de mi cuello a mis tetas. Los sentí derritiéndome, bajando por mis pechos hasta mis pezones. Y entonces decidí que lo mucho o poco que aquella polla aún guardara para mí, sería dentro de mi boca.v

Volví a chuparla mientras él se revolvía de placer, mientras pensaba… «Has empezado tú… Has hecho que me corriera sin compasión solo de rozarme con esta preciosa polla… Ahora dame lo que es mío…». Exprimí todo lo que pude aquella polla que empezaba a perder su dureza herculea. No le permití abandonar mi boca hasta que hube degustado hasta la ultima gota de aquel néctar.

Él mismo me puso en pie y me besó. Estoy segura de que aún pudo saborear su semen en mis labios. Y eso me encantó. Otro beso profundo, largo, que nos devolvió a un estado de relajación que debe ser similar a estar en el cielo.v

—Quiero que duermas conmigo…

—¿Estás loco? ¿Qué pasa con Ali? Tu mujer podría regresar… No, no… Es imposible…

—No me importa nada de eso… Necesito que seas mía.

—No, no puedo… Hoy no al menos… Deberíamos irnos ya, como Ali no esté dormida, a ver qué le digo que he estado haciendo—, dije separándome de él para buscar en el suelo, a tientas, mi bañador.

Logré recomponerme en un minuto, al tiempo que sentía que mi amante —me encantó pensarlo así en ese momento— recuperaba de nuevo su bañador y se vestía. Volvió a abrazarme y a besarme, haciéndome prometer que pronto continuaríamos aquella locura. Nunca más volvimos a hacerlo. A la mañana siguiente, cogí aquel maldito autobús y tanto Ali como su familia salieron de mi vida para siempre.

Este es el recuerdo que he conservado durante todos estos años. A menudo me descubro volviendo a aquella noche de verano, en aquella piscina, en aquel cuarto oscuro. Hoy he sentido la necesidad de compartirlo, quizá pensando que aquella amiga de la adolescencia algún día pudiera leer esta historia a modo de confesión. Si estás leyendo estas líneas finales, Ali… créeme: no, no besé a aquel chico cuyo nombre ni recuerdo. Nunca te hubiera hecho eso porque éramos amigas. Siento habernos distanciado, pero no: nunca quise quitarte a tu primer novio.v

Lo que sí hice, fue comerle la polla a tu padre. Nadie es perfecto.

V.

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Gracias a Valentina por ser fuente de inspiración para esta fantasía que tanto he disfrutado escribiendo. Créeme, querido lector, que ella existe y es el ser más delicioso que nunca conocí.

Gracias a Stephen King y Billy Wilder por prestarme las primeras y ultimas palabras de este relato. Deberian juzgarme por ello, pero ha merecido la pena.

Si te ha gustado, me gustaría que me escribieras a [email protected] para contarme qué te ha parecido. Y si no, pues también.