Mi amiga quiso probar mi cuero en la ducha

Georgia estaba duchándose a mi lado, observando cada gota que resbalaba por mi piel. Me miraba sin disimulo, porque eso a ella parecía no haberle gustado nunca. Su deescaro se hacía más patente a medida que yo la ignoraba más. Trataba de concentrarme en la ducha, pero mi compañera no me lo permitía.

Empezó a decirme, con su dulce voz, lo muy morena que me veía, lo bien que me sentaba ir al gimnasio y lo bonito que tenía mi pelo, tan largo que cubría casi mi espalda entera. El resto de las chicas nos prestaban atención sin demostrarlo. Poco a poco fueron desapareciendo, envolviéndose una a una con sus toallas y saliendo de las duchas. Georgia y yo seguíamos allí.

Ella contemplaba cómo yo me enjabonaba, se deleitaba analizando cómo cada gota de jabón se escurría por mis brazos. Georgia se acercó a mí. Se acercó hasta que pegó su desnudo y mojado cuerpo al mío. Apartando mi pelo, me dio un beso en la espalda y comenzó a acariciarme. Su sutileza me daba cosquillas, así que no pude evitar reírme.

– Así que te gusta.

– Me estás haciendo cosquillas, por eso me río.

– Te está gustando, no me mientas.

– Georgia, es mejor que pares. Ya te he dicho muchas veces lo que me gusta.

– El problema es que yo sé lo que te gusta, pero tú aún no lo has descubierto del todo

– De verdad, para. No quiero que esto destruya nuestro buen rollo.

– Entre nosotras hay mucho más que buen rollo. Sé que tú también lo notas.

– Georgia, no quiero que te confundas.

Parecía tener muy claro lo que podía conseguir de mí y no se rindió. Cuando me dirigí a por la toalla para secarme y envolverme, rápidamente cogió la suya y se cubrió también. Pensé que había dejado de intentar convencerme de aquello de lo que ella estaba convencida, pero me equivoqué. Nada más tuvo anudada la toalla tomó una de mis manos y tiró de mí hacia afuera de las duchas. No pude hacer otra cosa que no fuera seguir sus pasos, que eran ligeros y sabían muy bien dónde se dirigían.

Mientras el resto de nuestras compañeras se vestían, peinaban y chismorreaban sobre el nuevo chico de seguridad, Georgia me empujó para que entrara en uno de los servicios, entró tras de mí y cerró la puerta. “Estás loca”. Nos desnudó sin pensarlo ni un minuto y me acorraló apoyada en la puerta. Algo en mi cabeza me decía que debía pararla, pero a la vez no quería que parara. Quería ver dónde llegaba.

Había conectado perfectamente con Georgia, teníamos una relación curiosa que sentía que no había tenido antes con ninguna amiga, ni dentro ni fuera de aquel lugar, y quería ver hasta dónde llegaba aquella conexión. ¿Sería simplemente curiosidad?

¿Tendría razón Georgia en que había algo entre nosotras? ¿Tendría razón con aquello de que yo ya estaba cansada de los hombres?

Se arrodilló ante mí y no supe bien qué hacer. Acostumbraba a estar en su posición, pero con un hombre bajo mi control. Comenzó a besar mis piernas al nivel de las rodillas, con besos cortos e intensos que fueron subiendo apresuradamente hasta mis ingles, donde se paró unos instantes. Levantó la mirada para asegurarse de mi cara de placer. Yo seguía apoyada en la puerta de aquel servicio, con mis manos también tratando de sujetarme. Volvía a invadirme el morbo de que alguien nos descubriera allí encerradas, por si alguien se daba cuenta de nuestras ausencias al mismo tiempo. Georgia volvió a acercar su cabeza a mí, sacó su lengua y la pasó por mi clítoris. No sabría cómo explicar aquella sensación. Me costó mantenerme quieta. La escuché reír y sentí que me besaba como si de mi boca se tratara. Mi Sur estaba mojado y no era porque aquella vieja toalla no absorbiera lo suficiente. Mi compañera me estaba dando calor de una forma increíble, besando mis labios inferiores con cuidado y pasión.

Aquella mujer se esforzaba por darme un placer que yo no había probado antes.

Desconocía que el hecho de tener una mujer entre mis piernas también podía encender mis instintos más primarios. Georgia sabía bien lo que hacía con su lengua.

Con sus manos sujetaba mis glúteos, masajeando al ritmo de sus lametones. La miré, hundida entre mis piernas. Veía mis pechos balancearse con los movimientos de mi cuerpo. Eso terminó de excitarme.

Georgia hundió su lengua en mi Sur y, tras saborearme, con un último largo beso en mi clítoris, consiguió que se me doblaran las rodillas y tuviera que cubrirme la boca para que nadie me escuchara. Sencillamente me pareció que nadie mejor que una mujer sabe provocar el placer en otra mujer.

Fragmento extraído de mi primera novela. Espero que os guste 🙂 Podéis leerme en Instagram también 🔥